Opinión

Acuerdo entre Roma y Pekín: un año después

Seminaristas de China.
photo_camera Seminaristas de China.

Ha tenido una difusión inusitada el desfile conmemorativo de los ochenta años de la República popular china: un mensaje amenazador hacia el mundo occidental, sobre todo. Quizá también para los disidentes internos y los manifestantes de Hong Kong, que no cesan en sus protestas a pesar de la violenta represión policial y de la declaración del estado de emergencia: significa en cierto modo la muerte del sistema de libertades propio de la antigua colonia, es decir, la confirmación de que Pekín no cumplirá las promesas que hizo en los tratados de retrocesión de la colonia británica en 1997. Desde luego, la señal de fuerza se dirige también a Taiwán, donde los políticos favorables a la reunificación están perdiendo apoyo popular día a día: el pueblo
no quiere renunciar a libertades de las que gozan pacíficamente.

En ese contexto se ha cumplido el primer aniversario del acuerdo provisional entre la Santa Sede y Pekín sobre nombramiento de obispos, fruto de años de diálogo. La Secretaría de Estado vaticana parece conforme con lo
conseguido, pensando especialmente en la superación de la división entre clandestinos y oficiales. En cambio, voces autorizadas dentro del continente, o en el propio Hong Kong, no dejan de manifestar críticas, eco de quienes sienten que se ha dado prioridad a la llamada Iglesia patriótica. De momento, hay datos positivos innegables, como la autorización a que varios obispos viajaran a Italia, para asistir al último sínodo de obispos, y a actos organizados fuera de Roma, o el nombramiento de varios prelados con el consenso mutuo.

A finales de septiembre se presentó en Roma un libro –con prefacio del Secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin- sobre ese acuerdo entre la Santa Sede y China, con participación de personas de relieve: el arzobispo Claudio Maria Celli, el presidente de la Comunidad de San Egidio, Marco Impagliazzo, Romano Prodi, Andrea Riccardi y Federico Lombardi. Mons. Celli resumió el valor del acuerdo con estas palabras: “Se ha abierto una puerta que difícilmente se puede volver cerrar”.

En la información sobre la presentación del texto, que no conozco aún, no se mencionaron las dificultades derivadas del reglamento chino sobre actividades religiosas, que entró en vigor en 2018: entre otras exigencias,
establece la inscripción obligatoria del clero en un registro civil en términos contrarios a las convicciones cristianas, en la medida en que afirma la “independencia, autonomía y autogestión de la Iglesia en China”. Ante las frecuentes consultas a Roma, la Sede Apostólica publicó unas orientaciones pastorales, que comenté en Aceprensa a comienzos del pasado mes de julio. A las dificultades se refirió también el Papa Francisco en su mensaje a los católicos chinos de septiembre pasado.

La realidad reflejada en muy diversas fuentes informativas, así como en las crónicas de los viajeros a China, muestran la inusitada vitalidad del catolicismo. A diferencia de lo que ocurre en tantos países occidentales, los
fieles llenan los templos a primerísimas horas de la jornada. Además -sin contar la extraordinaria devoción popular en torno al santuario de Sheshan, en la diócesis de Shanghái-, sigue siendo notable el número de bautismos de adultos en Pascua: más de veinte mil estos últimos años. Con la particularidad
de que, entre los catecúmenos, predominan personas de nivel cultural, profesionales de la técnica, el derecho o la economía. Todo compatible –y de ahí la dificultad de entender la cuestión, también porque el texto del acuerdo no se ha publicado ni en Pekín ni en Roma- con las frecuentes noticias sobre actos represivos contra los creyentes, especialmente desde la promulgación del último reglamento.

Ciertamente, no es fácil armonizar la libertad de la Iglesia con el proceso de chinización, lanzado por el presidente Xi Jinping. El objetivo de Pekín es muy distinto de la inculturación católica: pretende la completa subordinación al partido comunista de cualquier realidad social, incluidas las organizaciones religiosas. Pero los fieles buscan el reconocimiento de su libertad de conciencia, no necesariamente limitada por tolerar que se instalen en lugar destacado de los templos fotos grandísimas del “Gran Timonel” Mao Zedong y del actual “Líder Central”.

Como se ha escrito tantas veces, el partido comunista chico se ha abierto a la economía de mercado, pero no está dispuesto a renunciar al control de la sociedad civil ni, en concreto de la religión, para evitar los errores
que habrían cometido en su día la URSS y los países satélites, que produjeron el colapso de los regímenes comunistas. Pero los católicos no renuncian tampoco a su libertad, menos aún en Hong Kong, y participan activamente en las manifestaciones contra China, aunque, paradójicamente, sea también católica Carrie Lam, la presidente del ejecutivo de la antigua colonia.

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