Opinión

Viajar durante el verano en compañía de santos

Antonio Rubio enlaza con una vieja tradición española, que podría parecer extinta: la de catedráticos de Instituto cultos, buenos escritores, más allá de su especialidad. ¿Cómo no recordar a Antonio Machado en Segovia, camino de Madrid en vagón de tercera?: aunque sólo sea porque fue maestro de mi buen padre. Sólo que Antonio Rubio ha preferido viajar en compañía de los santos. Nos entrega reflexiones y estampas, a veces sugeridas por la contemplación de hitos en la historia del arte, como las Anunciaciones de Fra Angélico, o La vocación de San Mateo, el actualísimo cuadro de Caravaggio pintado hace más de cuatrocientos años, ante el que el tiempo se para en la iglesia romana de san Luis de los Franceses, bien cerca de piazza Navona.

No es fácil catalogar el interesante trabajo de Rubio. Algunos textos van unidos a eventos concretos. Pero todos responden –pienso‑ a la lectura atenta de las biografías de tantos católicos, desde el mundo presente. Tienen mucho que decir, más allá de los cambios de circunstancias históricas. Al cabo, enfocan las necesidades de su tiempo desde el encuentro personal y la identificación con Jesucristo, que sigue siendo "el mismo ayer y hoy, y por los siglos", según la antigua y cierta expresión de la carta a los Hebreos, 13, 8.

Desde ahí se contesta con nitidez la pregunta retórica del prologuista del libro, Miguel Ángel Velasco: "¿Qué pueden tener en común tres pescadores y un recaudador de impuestos en la Galilea de hace 2.000 años con una monja de clausura llamada Teresa de Lisieux, o con un franciscano, llamado Maximiliano Kolbe, que ofrece su vida en el campo de exterminio de Auschwitz a cambio de la vida de otro prisionero? ¿Y qué pueden tener en común un místico como San Juan de la Cruz con un teólogo como Santo Tomás de Aquino, o con un converso como Pablo de Tarso?"

Pero no todos descubrirán quizá esa radical conexión entre los santos, que siguen iluminando con reflejos de luz divina a la humanidad de todos los tiempos. Lo expresó con su proverbial claridad Benedicto XVI en la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, de 2008. En el n. 48 afirmaba que "la interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos"; y añadía: "cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios".

Benedicto XVI repasaba cómo las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia surgieron de una explícita referencia a la Escritura. Basta mencionar algunos nombres citados por el propio papa, como san Antonio Abad, san Basilio Magno, san Benito, san Francisco de Asís, santa Clara, santo Domingo de Guzmán, santa Teresa de Jesús, santa Teresa del Niño Jesús, san Ignacio de Loyola, san Juan Bosco, san Juan María Vianney, san Pío de Pietrelcina, san Josemaría Escrivá, la beata Teresa de Calcuta, santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), el beato Luís Stepinac, cardenal arzobispo de Zagreb.

De todos y más –salvo quizá de san Basilio Magno‑ habla en su libro Antonio Rubio, por orden alfabético: de Agustín de Hipona a Vicente de Paúl. El lenguaje no es monótono, por la diversidad de tonos y enfoques, a partir de lecturas, observaciones, experiencias personales y contrastes con realidades históricas. El autor consigue acercar culta y cristianamente, a lectores del siglo XXI, la figura de esas personalidades egregias. Siempre, con un estilo sobrio y cuidado, que no hace fatigosa la lectura, a pesar de la profundidad de buena parte de sus pasajes.

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