Opinión

Madrid celebra la memoria del beato Álvaro del Portillo

Si las fiestas se conocen por sus vísperas, ha sido sabia la decisión del arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, de celebrar en la catedral de la Almudena el día 11 esta misa del beato Álvaro del Portillo, la primera vez tras su beatificación el pasado mes de septiembre. La memoria litúrgica en sentido propio corresponde al día 12, aniversario de la primera comunión que el beato recibió en la conocida parroquia de la Concepción de la calle Goya en 1921. Así lo dispuso la Congregación romana para los santos, atendiendo una cordial petición, pues otras fechas clásicas a efectos de culto ‑nacimiento, muerte‑ caen casi indefectiblemente en tiempo de Cuaresma.

Dentro de poco, acudiré a mi viejo y querido colegio mayor de La Alameda en Valencia, para el acto de clausura del curso académico. Al preparar mi intervención, me vino a la memoria la presentación del libro de 1996 sobre el hoy beato, una extensa crónica basada sobre todo en mis recuerdos personales del Prelado del Opus Dei y primer sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Ya terminado el acto, cuando se ponían de pie los asistentes, el arzobispo de Valencia, Mons. Agustín García Gasco, que había acudido al colegio con ese motivo, hizo una referencia a que la lectura de tantos hechos y enseñanzas de don Álvaro del Portillo era un punto de partida: animó a los presentes a recurrir a su intercesión y a poner por escrito los favores recibidos, para que pudiéramos verle pronto en los altares, como se merecía.

La devoción entonces privada es hoy pública, aunque no será universal hasta la canonización. Y me permito sugerir algunos aspectos en que la intercesión del beato está, por así decir, como más justificada. No repetiré lo escrito, también en estas páginas, sobre su pasión por la paz –en el mundo, en las familias‑: si tanta paz y sosiego daba a quienes lo trataban en la tierra, más fuerza tendrá ahora su intercesión desde el cielo. Cuando tanto se trabaja en la Iglesia por la familia, tema habitual de la catequesis del papa Francisco en las audiencias de los miércoles, no es forzado recurrir a la ayuda del beato Álvaro para superar viejas y nuevas dificultades.

Acudimos a los santos como amigos, intermediarios, que nos presentan ante Dios: algo muy humano y muy divino, consecuencia también de ese elemento central de la doctrina cristiana: la encarnación del Hijo de Dios. Estoy persuadido de que el recurso al beato Álvaro dará nuevos impulsos a la vida cristiana y avivará en cada uno el afán de apostolado propio de la condición de bautizados. No es posible olvidar su lema episcopal, reproducido con su caligrafía en el altar de Valdebebas, sede de su beatificación: Regnare Christum volumus. No pretendía ninguna gloria humana, sino la extensión de ese reino de Cristo, pleno de paz y comprensión. En plena sintonía con el papa Juan Pablo II, no dejó de insistir en un mensaje capital para la nueva evangelización de Europa, que continúa vigente: campo claro para su intercesión.

Entre los documentos oficiales de la causa de canonización de don Álvaro, tiene especial importancia el decreto sobre sus virtudes heroicas, de junio de 2012, que comienza con el vir fidelis multum laudabitur del libro del Eclesiástico. Antes, en la estampa para la devoción privada, se hacía referencia a la gracia de haber sido pastor ejemplar y fidelísimo hijo y sucesor de san Josemaría, fundador del Opus Dei, y se terminaba con la petición de responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana. Sin duda, el beato Álvaro será un gran intercesor, para la fidelidad propia y de todos los bautizados: una fidelidad activa, llena de iniciativa, creativa, no inerte ni continuista.

Lógicamente, no hay límites a la intercesión, como se comprueba con el milagro –curación inexplicable médicamente de un niño chileno pequeño‑ que abrió el camino al reconocimiento oficial de la santidad de su vida. Pero me gusta pensar que apoyará de modo particular desde el cielo aquello que consumía su celo apostólico en la tierra.

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