Opinión

Lecciones de amor humano y divino en Turín

No importa que la visita del papa a Turín fuese hace dos semanas. Los textos publicados en las páginas oficiales del Vaticano me han parecido una síntesis espléndida de las grandes líneas del pontificado, que merece la pena leer. Con el riesgo de todo “resumen del resumen”, me atrevo a subrayar la enseñanza sobre el amor humano y el amor de Dios que Francisco expuso en la misa que celebró el domingo 21 de junio y en el acto con los más jóvenes al final del día. Desde luego, esa radical actitud cristiana estaba presente en todo momento, también al dirigirse a trabajadores y empresarios, en la reunión con salesianos en el bicentenario de san Juan Bosco, o en un acto de tanto calado ecuménico como la vista al templo valdense de la capital del Piamonte. Por supuesto, en la meditación en silencio ante la Sábana Santa, “imagen del sufrimiento humano”, en expresión de Juan Pablo II

En la Plaza Vittorio, Francisco celebró la misa correspondiente al domingo de la semana del tiempo ordinario. Al comenzar la homilía, afirmó: “Las lecturas que hemos escuchado nos muestran cómo es este amor de Dios para con nosotros: es un amor fiel, un amor que recrea todo, un amor estable y seguro... Es un amor que no defrauda, que no cesa. Jesús encarna este amor, es su Testigo. No se cansa nunca de querernos, de soportarnos, de perdonarnos, y así nos lleva por el camino de la vida, de acuerdo con la promesa que hizo a sus discípulos: ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’... Jesús permanece fiel, aun cuando nos equivocamos, y nos espera para perdonarnos: Él es el rostro del Padre misericordioso. Este es el amor fiel”.

Ese  amor de Dios re-crea todo, hace nuevas todas las cosas, según la clásica invocación al Espíritu Santo. El ser humano se renueva con la conversión, de acuerdo con el sentido propio del término griego metanoia. “La señal de que nos hemos vuelto nuevos y hemos sido transformados por el amor de Dios es saberse despojar de las vestimentas corroídas y viejas de los rencores y las enemistades para vestirnos con la túnica limpia de la mansedumbre, de la benevolencia del servicio a los demás, de la paz de corazón, propia de los hijos de Dios”.

Esa realidad, presente en el milagro relatado en el Evangelio –Jesús hace amainar la tormenta en el mar de Tiberíades‑, evocó en el papa la analogía de la roca firme y segura: ''Podemos preguntarnos si hoy estamos firmes sobre esta roca que es el amor de Dios. Cómo vivimos el amor fiel de Dios hacia nosotros. Siempre existe el riesgo de olvidar el amor grande que el Señor nos ha mostrado. También nosotros, los cristianos, corremos el riesgo de dejarnos paralizar por el miedo al futuro y buscar la seguridad en las cosas que pasan, o en un modelo de sociedad cerrada que tiende a excluir en lugar de incluir”.

En el Cottolengo insistiría el papa en que “la razón de ser de esta pequeña casa no es el asistencialismo, o la filantropía, sino el Evangelio: el amor de predilección de Jesús por los más vulnerables y los más débiles”. De ahí la necesidad de la oración, como muestran los seis monasterios de las Hermanas de vida contemplativa vinculados a ella.

Al final de la jornada, también en la Plaza Vittorio, Francisco respondió a las preguntas de tres jóvenes sobre el significado del amor, la confianza en la vida y la importancia de compartir ideales. Prescindió del discurso preparado, y se centró en esas tres cuestiones. Me permito destacar la idea de que el amor siempre se comunica, es decir, escucha y responde, se hace con el diálogo, con la comunión. De modo particular, “es muy respetuoso con las personas, no las usa; es decir el amor es casto, considera sagrada la vida de la otra persona, no quiere usarla. Perdonadme si os digo algo que no esperabais, pero os lo pido: Haced el esfuerzo de vivir un amor casto. Y de ello se deriva una consecuencia: ...el amor se sacrifica por los demás. El amor es el servicio. Cuando Jesús después de lavarles los pies, explicó ese gesto a los Apóstoles, les enseñó que estamos hechos para servirnos unos a otros''.

El papa repasó brevemente las tragedias de los dos últimos siglos, para animar a la gente joven a plantearse objetivos constructivos, aunque sean pequeños, pero que unan: “es el mejor antídoto contra esta desconfianza de la vida, en contra de esta cultura que ofrece sólo el placer”. Recordó también cómo en medio de graves dificultades, en Piamonte nacieron muchos santos, que supieron enfrentarse con la situación. De ahí el gran consejo: “La realidad, vivid la realidad. Y si esta realidad es vidrio y no diamante, yo busco la realidad contracorriente y construyo mi realidad, una realidad que sea servicio a los demás''.

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