Opinión

Cábalas ante un acuerdo con Roma sobre nombramiento de obispos en China

Muchos recuerdan las reacciones en Europa cuando la Santa Sede levantó en 2009 la excomunión que pesaba sobre los obispos ordenados ilícita, pero válidamente, en la Fraternidad de san Pío X, fundada por Marcel Lefebvre. Lo explicó con sencillez y precisión el papa Benedicto XVI a Peter Seewald, en el libro-entrevista publicado en España en 2010 por Herder con el título La luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos.

La gente no sabía, o no quería reconocer, que aquellos cuatro obispos no habían sido excomulgados por oponerse a doctrinas establecidas en el Concilio Vaticano II, sino por haber recibido la ordenación episcopal sin mandato papal. El Código de Derecho Canónico establece esa dura sanción penal para los ordenados y quienes ordenen sin ese mandato.

En intento de hacerse entender, Benedicto XVI se refería a una

“situación análoga en China, donde también hay obispos que fueron ordenados sin el mandato papal y que, por eso, han sido excomulgados”.  A continuación explicaba cómo después, cuando el nuevo prelado reconoce expresamente el primado de Pedro y la autoridad del papa, “se le retira la  excomunión porque ya no tiene fundamento. Así lo hacemos en China -y de ese modo esperamos resolver lentamente el cisma”.

El hoy papa emérito mostró una especial solicitud por China, consciente del aumento del número de católicos, y las dificultades derivadas del totalitarismo comunista: combinan el intento de domesticar a los creyentes a través de la “iglesia patriótica”, con prohibiciones y persecuciones que recuerdan a tantos emperadores romanos. Benedicto XVI sintetizó sus inquietudes y desvelos en la carta que envió en 2007 y en la institución de la jornada mundial de oración por la Iglesia en China en la fiesta de María Auxiliadora, patrona de aquel continente, venerada popularmente en el santuario de Sheshan, no lejano de Shanghái.

El papa Francisco continúa esa línea, como en otros aspectos de su pontificado. Se han ido publicando en la prensa internacional referencias a los contactos entre la Santa Sede y el gobierno de Pekín, que podrían dar lugar a un acuerdo práctico sobre nombramiento de obispos, que contribuyera a zanjar el conflicto. Como sucedió en la Roma tardoimperial o, en otro orden de cosas, aparece estos días en Colombia, la cuestión de los lapsi no desaparece automáticamente, y da lugar a debates, ciertamente justificables, pero impropios de un Año de la Misericordia.

Lo recordaba a finales de agosto el cardenal secretario de Estado, al final de un extenso diálogo con el diario Avvenire de Milán. “Los contactos entre la Santa Sede y China continúan en un espíritu de buena voluntad por ambas partes. La Santa Sede es particularmente consciente de la necesidad de que los católicos chinos puedan vivir positivamente su pertenencia a la Iglesia y, al mismo tiempo, ser buenos ciudadanos y ayudar a fortalecer la armonía de toda la sociedad china”. El cardenal recuerda así una situación que se da en cualquier lugar del mundo, dentro de la universalidad de la Iglesia: “los católicos en China son plenamente chinos, y al mismo tiempo plenamente católicos”. Pero, tras tantos años de opresión, es lógico que “el camino del conocimiento y la confianza mutua requiera tiempo, paciencia y visión de futuro por ambas partes. Se trata de encontrar soluciones realistas para el bien de todos”.

Por otra parte, al contestar a una pregunta del diario milanés, el cardenal insiste en que sostener que en China existen dos iglesias diferentes no corresponde ni a la realidad histórica ni a la vida de fe católica china. Se trataría más bien –y no es cuestión de enfoque diplomático, sino de reconocimiento de la experiencia vital- de “dos comunidades deseosas las dos de vivir en plena comunión con el Sucesor de Pedro”. Ambas aportan “el bagaje histórico de momentos de gran testimonio y de sufrimiento, que reflejan la complejidad y las contradicciones de ese inmenso país”.

Se comprende que “la esperanza de la Santa Sede es ver, en un futuro no lejano, la reconciliación de estas dos comunidades: dar y recibir misericordia para un común anuncio del Evangelio, que sea verdaderamente creíble”. El papa Francisco sueña con que se superen las tensiones y divisiones del pasado, para escribir una nueva página en la historia de la Iglesia en China. “Confío –concluye el cardenal Parolin- en que este camino pueda ser un ejemplo elocuente para el mundo entero, como construcción de puentes de fraternidad y comunión”.

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