Opinión

El miedo infundado a las clases de religión islámica en los colegios

Como puede leerse en este mismo periódico, durante el próximo curso, en el colegio Virgen de Gracia de la localidad castellonense de Altura, se impartirán clases sobre religión islámica, debido al alto porcentaje de escolares musulmanes con que cuenta el centro. Esta iniciativa ha provocado la indignación de algunos vecinos del pueblo que consideran que con ella lo que se pretende es convertir a Altura, cuna mariana del cristianismo, en epicentro del islam en la Comunidad Valenciana.

Alumnas musulmanas.
photo_camera Alumnas musulmanas.

Personalmente, este tipo de hechos, me producen más estupefacción que indignación tras veintiún siglos de cristianismo. Estupefacción por lo que se refiere al cristianismo y no al islam. Me explico. En 1992, el Estado español, de acuerdo con la Constitución española, pactó con la Comunidad Islámica de España, entonces el órgano representativo de las comunidades religiosas islámicas ante la Administración española, según aparece en el registro de entidades religiosas del Ministerio de Justicia, una serie de derechos para los musulmanes, como el de la educación religiosa de los alumnos musulmanes. La Consellería valenciana no está más que cumpliendo ese acuerdo, como se ha ido haciendo desde 1996 en todo el territorio español, cuando la CIE aprobó el contenido de las clases de religión islámica.

Declaraciones como las de los vecinos de Altura reflejan esa postura, que no comparto, de que el cristianismo o, mejor dicho, el creer en Cristo, es en el fondo una cuestión de educación. Si fuera así, tanto los seminarios como los conventos deberían estar a rebosar. Y todos sabemos que la realidad desmiente crudamente esta premisa, a pesar de que a la hora de buscar plaza para nuestros hijos en los colegios es relativamente fácil encontrarla en uno público y, prácticamente imposible encontrarla, en los que rigen congregaciones consagradas a la enseñanza. Más que temer el hipotético daño que el islam pueda hacer a nuestros hijos, lo que deberíamos temer es el daño que nos hacemos a nosotros mismos al no cuestionarnos qué tipo de testimonio cristiano damos en esos colegios y por qué no hay una proporción directa entre su número de alumnos y el número de  vocaciones tanto al sacerdocio y a la vida consagrada como al matrimonio.

Si no me falla la memoria, la implantación de la asignatura de religión católica en la enseñanza es un hecho reciente, de principios del siglo pasado. El cristianismo, gracias a la Providencia, ha sido capaz de proclamar la Buena Nueva a lo largo del tiempo sin la ayuda de la asignatura de religión. Ni los santos de los primeros siglos ni muchos de los de los últimos tiempos estudiaron religión en el colegio. Conocieron a Cristo a través de las personas de su entorno social o familiar. Santa Mónica, cuya vocación de madre se centró en educar a un hijo especialmente difícil, San Agustín, estimaba que los estudios de retórica de su hijo con maestros... evidentemente: ¡paganos!, no sólo no iban a desviar el encuentro de Agustín con el Dios verdadero, encuentro por el que ella suspiraba, sino que le serían de gran ayuda para llegar hasta Él (Confesiones II.3,8). Es más, el propio santo narra cómo la lectura del Hortensio del pagano Cicerón cambió su mundo afectivo y encaminó sus oraciones hacia el Señor verdadero. Le hizo abandonar la frivolidad y enardeció su amor y su inquietud por la sabiduría. Lo único que no le satisfacía de aquel libro era que en él no se hallaba el nombre de Cristo, su Salvador. Nombre, que como él mismo escribe, había mamado con la leche de su madre, nombre que tenía profundamente grabado en su corazón (Confesiones III.4) y que le hizo descubrir quién era la verdadera Sabiduría.

Sinceramente, ¿de las clases de religión islámica depende que Castellón se convierta en el epicentro del islam valenciano? ¿O lo convertirá nuestro débil testimonio? Si estamos convencidos de la verdad de nuestra fe, el que nuestros hijos conozcan la fe de los creyentes de otras religiones y convivan con ellos en la escuela debería llevarles a revivir el famoso eslogan del viejo anuncio de detergente que presumía de ser el que lavaba más blanco: "Busque, compare, y, si encuentra algo mejor, ¡cómprelo!". De nuestro testimonio de fe, a lo largo de toda nuestra vida, depende básicamente el que nuestros hijos no encuentren algo mejor y lo compren. Espero haberme explicado bien.

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