Opinión

El genocidio armenio, entre la religión y el nacionalismo

Varios actos han recordado recientemente el centenario de la masacre del pueblo armenio amanos turcas, que tuvo lugar entre el 24 de abril de 1915 y 1923, junto con la exigencia de su reconocimiento unánime como tal. El acto más significativoha sido la proclamación como Doctor de la Iglesia Universal de San Gregorio de Narek, un santo armenio del siglo X, por el Papa Francisco.

Armenia, llave de paso entre Asia y Europa (hoy limita con Turquía, Georgia e Irán), ha padecido desde su nacimiento las invasiones y el dominio de asirios, persas, romanos, bizantinos, árabes, mongoles, turcos, otomanos y rusos. En el siglo XVI quedó unida al Imperio Otomano, heredero del poder islámico en la región. Entre el XIX y el XX, el Estado otomano se enfrentó a dos conflictos que desembocarían en el genocidio armenio: las exigencias de las minorías cristianas y la oposición a su gobierno. En un clima de tensión, los armenios se organizaron en grupos terroristas que atentaron contra el propio sultán en 1905 y contra la población musulmana. Algunos oponentes al régimen, como los Jóvenes turcos, defendieron la ideología del panturquismo, que postulaba la unión de la gran familia de pueblos turcos con un origen lingüístico-genético común en una entidad política comprendida entre el Bósforo y las montañas de Altaien el este asiático. Los Jóvenes turcos, dentro del Comité para la unión y el progreso, restringieron paulatinamente la autoridad del sultán Abd al-Hamid II hasta deponerlo en 1909.

En 1913, con la independencia los Balcanes, el Imperio Otomano perdió gran parte de su territorio europeo. La única posibilidad  de extender la nación turca era hacia el este. En 1914, los otomanos invadieron la Armenia oriental, bajo dominio ruso desde 1813. La debacle turca fue absoluta. Rusia respondió entrando en territorio turco con un ejército que incluía un copioso contingente de armenios. El Comité decidió el exterminio. El 24 de abril de 1915 arrestó y ejecutó a 250 intelectuales armenios, entre ellos, miembros de la socialista Federación Revolucionaria Armenia. Siguió la deportación de los aldeanos de la Armenia oriental que incluyó la desaparición de pueblos enteros, escuelas e iglesias del patriarcado armenio. En la deportación participaron kurdos, musulmanes y agentes del gobierno turco. Una masacre en la que se cometió toda la depravación que la mente humana es capaz de maquinar. Fugitivos armenios sobrevivieron en la diáspora en Europa, Siria, el Líbano y la Armenia actual. El número más probable de víctimas es de 1,2 millones. En 1923, con Kemal Atatürk, cesó la matanza. En 1991, se consiguió la independencia.

El cristianismo llegó a Armenia en el siglo II desde la vecina Siria. Gracias a Gregorio el Iluminador, bajo Tiridastes III, fue la primera nación que lo adoptó como religión oficial, en el 301, doce años antes de que Constantino lo declara religión lícita y ocho décadas antes de que Teodosio lo adoptara como religión oficial del Imperio. El monje Mesrob (401) ideó el alfabeto armenio para traducir la Biblia en la escuela que fundó. Tras el concilio de Calcedonia, la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia nacional más antigua, se separó de la Iglesia griega bizantina. Con el concilio de Florencia (1439), parte de esta Iglesia reestableció la unión con Roma, como Iglesia Católica Armenia.

El genocidio fue consecuencia de ser cristiano y ser armenio, del panturquismo y del ateísmo propios de la Turquía en proceso de laicización. El yihād se invocó para justificar la masacre, y la religión cristiana, que formaba y forma parte de la identidad nacional armenia, fue el pretexto justificativo de la política de aniquilación.

San Gregorio de Narek vivió en la época de la separación de la Iglesia Apostólica Armenia. Desde el 12 de abril, domingo de la Divina Misericordia, como gesto de acogida ecuménico, es Doctor de la única Iglesia Universal, la católica, cuya Cabeza ha unido a sí el sufrimiento y el horror que todo hombre es capaz de padecer y de provocar, independientemente de su nacionalidad y su religión. La existencia del mal es un misterio. Su por qué hay que cedérselo a Dios. El hombre, en boca del santo armenio, confiando en el Clemente y Misericordioso, ha de suplicar no caer en el dominio devastador del pecado: «Habiendo considerado con tu mirada precavida las faltas que tengo por ser pecador, sin embargo, me modelaste. Y ahora, a mí al que tú has creado, a mí al que has salvado, a mí que he sido objeto de tanta solicitud por tu parte, que la herida del pecado, suscitado por el Acusador, ¡no me pierda para siempre!» (Libro de las lamentaciones).


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