Opinión

La Sharia, principio ideológico del islam fundamentalista… y del moderado

El islam más fundamentalista y el más moderado coinciden en compartir un mismo principio ideológico: la Sharia. Es archiconocido el afán del grupo islamista más radical del momento, el Estado Islámico, por imponer la Sharia donde no impera totalmente y establecer un Estado islámico regido por esta Ley divina. Sin embargo, es menos conocido que los intelectuales musulmanes que defienden la viabilidad de la secularización del islam también ven en ella la vía para separar poder político y religión.

A pesar de que históricamente nunca se han cumplido todas las prescripciones de la Ley islámica, sobre todo en el ámbito público, la Sharia ha sido siempre el principio jurídico e ideológico indiscutible. Cuando durante el colonialismo, los sistemas jurídicos europeos cuestionaron su validez y se adoptaron  principios del Derecho romano y de la Common Law en el Derecho penal y mercantil, los principios de la Sharia continuaron presentes en el estatuto personal de la mayoría de los países de Oriente Medio y del norte de África y en el código penal de otros como Arabia Saudí. Hoy siguen presentes. Al mismo tiempo, los reformistas islámicos del XIX y el XX, que planteaban volver a los fundamentos genuinos del islam para que recuperara su pasado esplendoroso, como Muhammad Abduh o Rashid Rida, mitificaron la idea de la Ley islámica añadiéndola tres episodios que conforman la visión islamista actual de la Historia: la Sharia reglamentaba antiguamente el conjunto de la vida musulmana; después fue abandonada por disposiciones jurídicas extranjeras que supusieron la decadencia del islam; y, finalmente, debería ser restablecida en un futuro utópico que hay que apresurar. Para al-Afgani, el último objetivo era establecer un Estado islámico en el que imperara socialmente la Ley islámica. El radicalismo actual se nutre de algunas de estas ideas.

Abdullahi Ahmed Naim, profesor de Derecho de la Universidad de Emory en Atlanta, musulmán declarado y apologeta de la secularización del islam, afirmaba en 2008 en Islam and the Secular State. Negotiating the Future of Sharia que la Sharia no puede entenderse como la representación perfecta y eterna del mandato divino porque es fruto de la interpretación humana, y por tanto, falible, del Corán y de la Tradición del Profeta. Al no existir ninguna interpretación central y autoritativa de la Ley, propone el consenso (la tercera fuente del Derecho islámico, originalmente el de los compañeros de Mahoma y, por extensión, el de los herederos de sus conocimientos, los sabios musulmanes) como mecanismo autoritativo válido para interpretarla hoy también. La novedad con respecto al consenso del pasado es que el de hoy tiene que ser secular, su referencia no ha de ser una creencia religiosa sino el constitucionalismo, los Derechos Humanos y la ciudadanía. La autoridad del Estado, incluida la de un Estado islámico, no puede extenderse a determinar lo que es o no es Sharia: «Para mí, como musulmán, la Sharia no tendría ningún futuro, si algunos musulmanes se permitieran prescribirme lo que puede o no puede formar parte de mi experiencia religiosa en nombre del llamado Estado islámico».

Está claro que fundamentalistas y moderados creen en la Sharia. Es loable que se levanten voces musulmanas que proclamen la falibilidad de la interpretación humana de la Ley divina y la ilegitimidad de un Estado islámico que aúne poder y fe. Pero sobre esta secularización se cierne la amenaza del relativismo moral si el islam no resuelve otra de sus asignaturas pendientes además de la de la inexistencia de una autoridad interpretativa: la formación de los intérpretes de la Ley. Los sabios musulmanes, la figura más parecida a los teólogos, sólo se forman en el campo religioso-jurídico: en el Corán, sus comentarios, su lengua, los hadices y la jurisprudencia, y carecen de formación filosófica. Por sorprendente que parezca, filosofía y teología no caminan unidas en el islam. Si algún día llegan a hacerlo, será más fácil que descubra que la verdad filosófica y la religiosa conducen a la única Verdad absoluta, la que dicta en el corazón del hombre que debe amar y practicar el bien y evitar el mal, sin necesidad de interpretar una Ley para descubrir los auténticos valores de la experiencia humana.


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