Opinión

Dicen que no ha resucitado

La iglesia donde se veneran las reliquias del sepulcro de Jesús en Jerusalén está enclavada en el barrio cristiano de la ciudad. Desde hace más de ocho siglos, sus llaves pertenecen a una familia musulmana que cada tarde, bajo la supervisión del Estado de Israel, la cierra para abrirla a la mañana siguiente. Para Juan Pablo II, que la visitó en el año 2000, es el lugar más sagrado del mundo. El sepulcro vacío es el testigo silencioso del acontecimiento central de la historia humana: la resurrección de Jesucristo.

El Corán pone en boca de los judíos las siguientes palabras: «Sí, hemos matado al Ungido, a Jesús, hijo de María, el enviado de Dios», y, a continuación, rectifica: «Siendo así que no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así… Pues con toda certeza, no le mataron. Al contrario, Dios lo elevó hasta sí» (4, 157-158).

Sin tener en cuenta las herejías cristianas incluidas en esta muerte aparente de Jesucristo, afirmar su muerte es negar la omnipotencia de Dios que no habría sido capaz de proteger al precursor de Mahoma de las intrigas de los judíos. En general, el libro sagrado ofrece poca información sobre el final de Jesús, y, cuando lo hace, es confuso. Unas suras dicen que murió de muerte natural y otras que no murió. La exégesis intentó aclarar la confusión interpretando el término muerte simplemente como llamada. Se afirma que murió y que no murió porque Dios pudo llamarle a su presencia tras su muerte o antes de ésta. Las creencias, avaladas por el Corán y la tradición, coinciden en que no es el Resucitado, que está en el cielo donde es uno de los cercanos a Dios y que vendrá por segunda vez. Volverá a la tierra como señal de la proximidad de la Hora (el Juicio Final), acabará con el Anticristo y pondrá orden en la Sinagoga y en la Iglesia, donde acabará con las diferencias entre los cristianos, les acusará ante Dios de sus errores y, finalmente, todos los hombres abrazarán el islam. Para los chiitas, compartirá protagonismo en su parusía con la del Mahdí en el que también creen. Después morirá y resucitará como el resto de los mortales el día del Juicio. El mismo Jesús dice: «La paz sobre mí el día en que nací, el día que muera y el día que sea resucitado a la vida» (19, 33). Dios omnipotente puede resucitar los huesos reducidos a polvo porque puede volver a crear como la vez primera. Es Dador de la vida y de la muerte. Jesús, en cambio, necesitaba el permiso de Dios para resucitar a los muertos. La similitud con la doctrina cristiana es puro espejismo. La resurrección coránica y su nueva creación, «como la vez primera», son la revivificación de los muertos y no un tipo de vida totalmente nuevo. No es de la que habla Benedicto XVI: «Una vida más allá de la ley de la muerte, un salto cualitativo, una nueva posibilidad de ser hombre que abre un nuevo futuro para la humanidad». El islam continúa a la espera de lo que el cristianismo ya ha recibido y niega la historicidad de la crucifixión y la resurrección.

Reducido de Jesucristo a Jesús (el apelativo Ungido es meramente nominal), su vida terrena terminó con un gran prodigio al ser elevado junto a Dios. Permitir la crucifixión de su propio enviado hubiera sido rebajar a Dios. Es impensable que tome la imagen del siervo. «Dios no ha engendrado» (112, 3) y es una blasfemia decir que tuvo un hijo. El judaísmo hace la misma acusación.

La potestad musulmana de abrir y cerrar diariamente el Santo Sepulcro, puede interpretarse como un modo de dominio sobre el único vestigio de la resurrección o como un signo de respeto con las gentes de la Escritura. Es imposible saber cuál habría sido su destino si su propiedad hubiera pertenecido a nuestros hermanos mayores en la fe.

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