Opinión

Quiero tener tanta libertad como los musulmanes de Lleida

Musulmán se salta el estado alarma.
photo_camera Musulmán se salta el estado alarma.

En estos días, en que la mayor parte de la humanidad está pasando o ha pasado por el
confinamiento y las restrictivas normas que limitan nuestros derechos, yo anhelo el
momento de poder ejercer de nuevo nuestras libertades fundamentales. Ruego que se me
permita una comparación, más visible en estos tiempos de pandemia. Con la libertad pasa
lo mismo que con la salud: en los momentos buenos no nos damos cuenta de que la
disfrutamos, solo se aprecia cuando falta.

Los sacerdotes están haciendo enormes esfuerzos por mantenerse unidos al pueblo
cristiano. También lo están haciendo los imanes musulmanes con los suyos. Pero hay una
diferencia: a ellos las autoridades les consienten todo. Estos días hemos visto videos de
policías cerrando iglesias y echando a obispos de catedrales mientras celebraban la
liturgia, en supuesta aplicación de las normas dadas por las autoridades sanitarias. A la
vez que se ha difundido el video de los musulmanes de El Vendrell reuniéndose para la
oración del viernes en la calle usando altavoces para que les oyeran en un amplio radio,
con la presencia complaciente de la policía, que por su actitud pareciera que estaban ahí
para garantizar la seguridad de la reunión.

No solo eso: ahora los musulmanes pueden instalar sus altavoces en las torres de uso
católico. Se ha difundido el video de los musulmanes de Lleida, que –con permiso de las
autoridades municipales– subieron potentes altavoces a la torre de la Catedral Vieja para
llamar a la oración el viernes 24 de abril, primer día del ramadán. Algunos videos
muestran que la voz del almuédano se oyó en buena parte de Lleida. El edificio es
propiedad de la Generalidad de Cataluña y del Ayuntamiento de la ciudad, con cesión de
uso perpetuo al Obispado desde 1948.

Surgen dos cuestiones: la primera es el agravio comparativo. No sé por qué los
musulmanes pueden subir sus altavoces al edificio más alto de la ciudad y molestar a casi
toda la ciudad, y el Obispo de Alicante no puede subir con la reliquia de la Santa Faz al
castillo de Santa Bárbara (él solo, sin público) a bendecir a la ciudad en silencio.

La segunda pregunta es más una inquietud. Ciertos grupos políticos en España
pretenden, de una manera u otra, nacionalizar los bienes eclesiásticos. A la hora de
presentar su propuesta, intentan tranquilizar a los católicos asegurando que estarán mejor
conservados si los gestiona el Estado y que su uso no cambiará, que la Iglesia podrá
celebrar sus actos igual que antes.

La inquietud nace porque la catedral vieja de Lleida sigue precisamente el régimen que
esos grupos anhelan. Pero después de lo que hemos visto estos días, ¿nos podemos
creer que el uso de las iglesias y catedrales no cambiará si llegan a hacerse con su
propiedad?
Y añado una consideración. Es legítimo sospechar que en este episodio hay un cierto
componente de provocación: ¿cómo podríamos calificar, si no, a la llamada a la oración
de un almuédano musulmán desde un campanario de uso católico? Pero el problema no
es de los musulmanes, sino de las autoridades, que autorizan un acto muy provocador.
Da la impresión de que gozan enfrentando comunidades religiosas. Parece que no
quieren unir, sino dividir.

La respuesta de los católicos debe ser la que las autoridades civiles esperan: rezar,
perdonar y unir. Pero no dejemos de denunciar estos hechos y también de exigir la
igualdad ante la ley con todos los medios que esta nos ofrece. San Pablo exigió respeto a
su condición de ciudadano romano.

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