Opinión

La envidia a los santos que tiene la Iglesia

Ceremonia beatificacion Carlo Acutis.
photo_camera Ceremonia beatificacion Carlo Acutis.

Seguramente la mayoría de los que lean estas líneas se habrán alegrado con la reciente beatificación del joven Carlos Acutis. Ciertamente es tan cercano a nuestra época que ahora podemos decir que hay fieles elevados a los altares que han diseñado blogs y han participado en redes sociales. No sé cómo lo representarán, ojalá que aparezca algún teléfono inteligente en sus manos o un símbolo de arroba.

He seguido la noticia en un diario generalista. Y me ha sorprendido la virulencia con que la mayoría de los foristas aprovechan para atacar a la Iglesia. No son argumentos novedosos ni irrebatibles (al contrario), pero sí se ve mucho odio en algunos comentarios. El resultado es que los católicos apenas intervienen en ese debate, aunque presumo que la mayoría de los que hacen clic para leer la noticia son personas piadosas, seguramente porque consideran inútil entrar en una discusión tan sucia. Lo cual me ha llevado a reflexionar de dónde viene tanta repugnancia a los santos y beatos.

Seguramente se pueden dar muchas respuestas, pero supongo que hay un componente no pequeño de envidia a la Iglesia.

Los ateos, los anticristianos, los agnósticos y otros pueden usar los argumentos que vean mejor para defender sus posturas, pueden atacar a la Iglesia con sus muchas faltas (lamentablemente ciertas) y también pueden inventar mentiras sobre la Iglesia. Pero lo que no pueden negar es que en la Iglesia se hallan los mejores ejemplos de vida. Y para ello no hace falta remontarse a los mártires de la época de los romanos, sino que ‑gracias entre otros al Beato Carlos Acutis‑ los encontramos hasta en el siglo XXI.

En efecto, ¿quién puede negar que la vida de Santa Teresa de Calcuta, o de San Pío de Petralcina, o de San Juan Pablo II son modélicas? ¿Quién ha luchado más contra las dictaduras totalitarias que San Maximiliano Kolbe, San Oscar Romero, el Beato Jacobo Gapp o el Beato Jerzy Popiełuszko? San Rafael Guízar, amenazado de muerte por el Gobernador de Veracruz, se defendió no mediante campañas de prensa desde un cómodo exilio, sino presentándose ante el Gobernador en su mismo despacho. ¿Quién puede presentar gente tan desprendida de los honores y del dinero como Santa Maravillas de Jesús, San Rafael Arnáiz o el Beato Carlos I de Austria, el último Emperador? ¿Cuántas madres han entregado sus vidas por sus hijos por nacer, como Santa Juana Beretta? ¿Qué ateo puede apreciar más la libertad que Santa Josefina Bakhita? ¿Algún agnóstico sabe más de los derechos de los pueblos indígenas que el Beato Ceferino Namuncurá, hijo de un cacique mapuche?

¿Hay muchos sindicalistas que hayan promocionado más la clase obrera que San Alberto Hurtado? ¿Cuántas feministas han dado su vida por defender a alguna mujer de una violación? San Luis Versiglia y San Calixto Caravario defendieron a tres chicas que iban a ser violadas y encontraron la muerte por ello. ¿Y cuántas dieron su vida por defender su integridad sexual? Santa María Goretti y Santa Teresa Bracco dieron su vida por defender su castidad, la primera en un abuso infantil familiar y la segunda, también menor de edad, por defenderse de un soldado alemán. El médico San José Moscatti se dedicó a la investigación médica con gran dedicación, San José Gabriel Brochero compartió con los enfermos su vida, la Beata Guadalupe Ortiz de Landázuri se dedicó a la investigación química. San José Freinademetz, de origen tirolés, se hizo chino entre los chinos para dar a conocer a Cristo.

Son solo algunos ejemplos entre los miles de santos y beatos del siglo XX. Es cierto que la Iglesia molesta, y no es solo por su doctrina, sino también porque muestra ejemplos de vida irrefutables que ninguna ideología anticatólica puede mostrar.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, otro santo del s. XX, dijo que estas crisis mundiales son crisis de santos (cf. Camino, 301). Y esto se debe no solo a la comunión de los santos, sino al testimonio de vida, patrimonio indiscutible de la Iglesia. “Si te encuentras ante un ateo que te dice que no cree en Dios, puedes leerle toda una biblioteca donde se dice que Dios existe, y aunque se pruebe que Dios existe, él no tendrá fe. Pero, si delante de este ateo das testimonio de coherencia y de vida cristiana, algo comenzará a trabajar en su corazón. Y será precisamente tu testimonio el que le creará la inquietud sobre la cual trabajará el Espíritu Santo” (Francisco, Homilía en Santa Marta, 27-II-2014).

La Iglesia vivificará esta sociedad, y será gracias a los santos. Eso es lo que molesta a los enemigos de Dios. Los católicos podemos sentirnos orgullosos de tantos hermanos nuestros en la fe.

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