Opinión

Atención hospitalaria y valores cristianos

Patio del Hospital Beata María, perteneciente a las Hermanas Hospitalarias.
photo_camera Patio del Hospital Beata María, perteneciente a las Hermanas Hospitalarias.

La humanización de la medicina figura entre los asuntos de la máxima actualidad en la agenda del sector sanitario. Por humanizar la medicina se entiende la dispensación de unos de unos servicios médicos que, además de contraponer a la enfermedad unas terapias que conduzcan a la curación, generen un entorno de confianza con el paciente. Confianza, por cierto, que debe ser la consecuencia de recibir un trato humano, empático, cálido y acogedor por parte de los profesionales sanitarios, ya se trate de los médicos, del personal de enfermería y auxiliar, o de los voluntarios que acuden cada día a los hospitales para contrarrestar la soledad o mitigar el sufrimiento espiritual de muchos enfermos.

Tradicionalmente, este plano de la comunicación entre profesionales sanitarios y pacientes se ha considerado un terreno manifiestamente mejorable en la mayor parte de las especialidades médico-quirúrgicas. A su logro, no obstante, no ha ayudado la realidad de unos servicios sanitarios mediatizados tanto por la politización de determinadas decisiones como por la mala orientación de algunos temas económicos. Todo ello ha llevado a tiempos de atención y contacto directo con los pacientes muy cortos y, en muchos casos, a la prolongación de los tiempos de espera y a la existencia de barreras para su reducción.

De igual manera, una cultura médica en la que prevalece, como es lógico, el modelo empírico, substanciado en la emisión y prescripción de diagnósticos y tratamientos certeros, tampoco ha contribuido a colocar en el sitio que merece la necesaria comunicación empática con entre facultativos y pacientes. A todo esto, el efecto liberador que prometían las tecnologías de la información, en todo lo que concierne a la parte administrativa de la sanidad (elaboración de informes e historias clínicas de los pacientes), no se ha visto, al menos por ahora, confirmado. Buena parte del valioso tiempo de los facultativos se convierte muchas veces en un espacio para las rutinas administrativas. Ni que decir tiene que se trata de una tarea imprescindible, antes conferida al personal de apoyo, pero que en la práctica resta igualmente oportunidades a la comunicación.  

Quizás, uno de los pocos reductos en los que ha arraigado una relación más cercana con el paciente haya sido en los campos de cuidados paliativos, discapacidad, enfermos crónicos o ancianos, donde buena parte de las terapias consisten también en ofrecerle un soporte emocional como base fundamental para la mejora de su calidad de vida. Se trata de unidades que cuentan con la participación de equipos multidisciplinares con presencia de médicos, psicólogos, rehabilitadores, terapeutas ocupacionales y voluntarios, que además de atender las dolencias físicas, tratan de contrarrestar el estado muchas veces depresivo y de angustia que llevan aparejadas estas duras situaciones.

Desde la visión que tenemos los hospitales católicos, el avance hacia mayores cotas de humanización y sentimiento de acogida en la medicina actuales constituye un fenómeno imparable, si bien su evolución se percibe muchas veces como lenta. Lo vemos no sólo en las nuevas generaciones de profesionales, para las que la comunicación horizontal, quizás por haber crecido en un contexto dominado por las nuevas tecnologías y redes sociales, se ha convertido para ellos en un rasgo de normalidad, y también lo observamos en una corriente de sensibilidad que han comenzado a filtrarse desde esas unidades de paliativos o geriátricas hacia el resto de las especialidades médicas.

A los hospitales de la Iglesia, esta concepción de la medicina como una disciplina eminentemente humana forma parte de nuestros principios y valores fundacionales. De hecho, mucho antes de que los Estados desarrollaran sus modelos de bienestar, con especial incidencia en la prestación de servicios médicos y de salud, la Iglesia Católica ya cumplía un papel fundamental de acogida y dispensación de cuidados a los enfermos. Incluso antes de que se acuñase el propio concepto hospitalario como entidad y función especializada  en la sanación de las personas, la Iglesia Católica, a través de sus múltiples congregaciones, ya venía desarrollando esta función asistencial que forma parte de su auténtica esencia como institución.  

A lo largo de estos dos mil años de civilización, se han producido multitud de acontecimientos sociales y políticos. Hemos asistido a la transformación de los modelos de organización y al propio desarrollo económico de las sociedades y,  sin embargo, esa orientación de servicio hacia los necesitados y los enfermos continúa intacta en el seno de la Iglesia. Somos, en definitiva, dispensadores de servicios médicos de calidad, pero también de hospitalidad. Una hospitalidad que se substancia, en espíritu de acogida, en el cuidado y  la humanidad.

Curiosamente, la ciencia ha venido a confirmar esta visión holística de la sanidad de la que participa la Iglesia desde sus tiempos fundacionales, que consiste en concebir a la persona en su completa integridad, partiendo del principio de que el ser humano es un ente completo, con necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales que hay que atender por igual. En este aspecto radica uno de los  principales valores diferenciales de los hospitales católicos, además de promover en todo el planeta, precisamente en los lugares donde existe más necesidad, una labor asistencial que llega hasta donde no llega nadie más, ni las instituciones públicas ni las privadas, y que lleva consuelo y medios a las personas con mayores carencias.

Miguel Ortegón es presidente de Hospitales Católicos de Madrid

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