Opinión

Participación y bien común

Humanidad.
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La participación en la vida pública es un deber irrenunciable porque somos personas, y como personas somos a la vez individuos (únicos, irrepetibles, libres…) y sociales (que se desarrollan en la relación con otros), y no podemos renunciar ninguno de estos dos aspectos.

Participar en la vida pública es trabajar por el bien común. Ese bien que solo se consigue con la colaboración de muchos, como la paz, la solidaridad, las infraestructuras, la seguridad, la conservación del medio ambiente, la justicia, la educación, la fiesta, la memoria, los valores, el arte, los derechos humanos… aquello que disfrutamos porque otros ponen de su parte, y a veces solo valoramos después de perderlo.

Participación y bien común son dos principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia. Ahora que estamos en proceso de reconstrucción de nuestra vida social, rota en parte por los efectos de la pandemia, revisemos como católicos nuestra participación especialmente en cuatro campos: el cultural, el político, el civil y el económico.

La participación cultural supone la capacidad de compartir una escala de valores, capacidad de aportar nuestros valores y de escuchar los del prójimo, de poner en común, de razonar con otros. Es necesario proponer y escuchar. ¿Cuánto tiempo hace que no vamos a un concierto o a una exposición? ¿Cómo colaboramos a que nuestros valores sean compartidos con otros? El arte, en sus diversas manifestaciones, las costumbres, los usos de los pueblos, las celebraciones… configuran la cultura de una comunidad, ¿cómo participamos en todo esto?

La participación política nos desafía con grandes retos. Ante la radicalización, el diálogo y el trabajo en común parecen estar desterrados, pero está en nuestra mano ir templando el ambiente. ¿Procuramos construir puntos de encuentro? ¿Destacamos lo que nos une y trabajamos en esa dirección? El voto y el apoyo afectivo a una opción política puede estar lleno de contradicciones, pero debe ser un camino hacia el bien común. Estamos obligados a entendernos porque tenemos un destino común.

La participación civil se apoya en nuestra responsabilidad por lo que nos rodea, desde la comunidad de vecinos hasta la asociación deportiva, desde la asociación de padres al club de amigos de la montaña. No faltan oportunidades de compartir nuestros quehaceres y deseos. ¿Cómo contribuimos? ¿Cuál es nuestro grado de compromiso?

La participación económica no se reduce al intercambio interesado de bienes y servicios, también requiere de intercambios basados en la gratuidad, como voluntariados o donaciones, que relativizan el valor del dinero y refuerzan el valor personal.

Participación y bien común van de la mano. Sin participación la sociedad se descompone, sin bien común, navega a la deriva.

Ingeniero, escritor y editor. Colabora con www.escritores.red

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