Opinión

Misioneros del Belén doméstico

Belén napolitano del monasterio de San José y Santa Ana.
photo_camera Belén napolitano del monasterio de San José y Santa Ana.

El primer anuncio, esa labor que tradicionalmente los misioneros de la Iglesia católica llevaban 
más allá de las fronteras de la cristiandad para dar la oportunidad a toda la humanidad de conocer la Buena Nueva, está ahora a la vuelta de la esquina.

Ahora que ha pasado el puente de la Purísima, que es cuando las familias aprovechan para decorar la casa para la Navidad (porque las familias ponen el árbol y el Belén en la Inmaculada aunque los comercios se adelanten al día después del comercial Halloween) nos encontramos entre nuestro prójimo próximo una realidad inimaginable hace unos años: ya hay niños y adolescentes de nuestro entorno que no comprenden la escena del portal, que no saben quién es el niño recostado en el pesebre o son incapaces de identificar al ángel que se dirige a los pastores.

‘Admirabile signum’. Así arranca la carta apostólica que el papa Francisco nos ha enviado en el inicio de este Adviento para animarnos a disfrutar de ese ‘presepe’ (pesebre, en italiano, que es el término que se utiliza para referirse a nuestro Belén, tomado de su tradición). Y, en efecto, todo lo que allí acontece resulta un signo admirable para quienes vemos en esta escena la encarnación, el nacimiento de Jesucristo y la historia de la redención toda ella en el espacio de un portal, de una cueva, de un aprisco, de una majada que sirvió de refugio al Hijo de Dios, a la Virgen y a San José.

En el siglo de la imagen, la escena que ilustramos con figuras, que ambientamos con musgo, arena y hasta ríos que corren, que completamos con los personajes que en ella participaron –los pastores, los Reyes Magos, Herodes en su castillo…– nos ayuda a entrar con los ojos en el misterio, a convertirnos en uno más de esa narración, a participar del relato. Es ese momento de sencillez, de recogimiento, de centrar la atención en el Hijo de Dios hecho hombre, allí, entre los más humildes que nos permiten entender que su reino no es de este mundo, que serán bienaventurados justo los que se desprendan de todo lo material para elevar su corazón pero que se sentirán tan protegidos como el niño en los brazos de su madre.

Nuestra casa lucía ya decorada para la Navidad sin que faltase detalle: árbol, belén, corona de Adviento con sus cuatro velas, una por domingo… Y llegó un pequeño invitado hijo de la posmodernidad que nos rodea. Sus padres no son anticlericales, no practican religión alguna y
es difícil determinar si creen o no en algo. Han elegido un excelente colegio laico y tienen ese discurso tan habitual de no querer educar a sus hijos en fe alguna para que elijan cuando sean mayores. Me pregunto cómo podrán elegir lo que no conocen…

Delante del portal, dos tiernos niños dialogan. El uno pregunta por “ese señor con alas”, el otro, con su rudimentaria teología y su lenguaje aún limitado, le traslada el misterio del amor de Dios con una rotundidad y claridad que muestra a las claras que el Espíritu Santo debe andar rondando. Y el que no conocía se alegra, percibe, aunque sea sin comprender del todo, la maravilla del sentirse amado. Tiene razón el Papa. Hay mucha pedagogía y mucha misión en ese Belén que hoy ponemos en nuestra casa, las nuevas periferias del siglo XXI.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades del CEU

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