Opinión

Casi igual que hace un año

Audiencia del Papa tras la pandemia. (Andrew Medichini)
photo_camera Audiencia del Papa tras la pandemia. (Andrew Medichini)

Hace ahora un año el mundo cambió para nosotros. Fue la primera semana en la que nos tocó encerrarnos en casa. Creíamos que era para solo quince días. De hecho, si lo recuerdan ustedes, aún estábamos organizando nuestras vacaciones de Semana Santa, ingenuos de nosotros… Después llegó todo lo demás y nada volvió a ser normal a pesar de los empeños del Gobierno por venderlos una “nueva normalidad” que es, evidentemente, un oxímoron, toda una falacia.

Como esta es la semana del recuerdo, en estas líneas de Religión Confidencial queremos dedicar unos minutos de oración entre las palabras a las más de 90.000 personas que, según los datos oficiales, aunque no los gubernamentales, han perdido la vida por la pandemia. También a los que han perdido la salud y luchan por recuperarla y a los que han perdido el empleo y tratan de salir adelante aferrados a la esperanza.

Y también queremos aprovechar para recordar todo lo que nuestra madre la Iglesia nos supo dar en aquellos insólitos días que se convirtieron en semanas, en meses, en un año que ya se alarga. Gracias por la reconversión digital en tantas parroquias, por el paso delante de miles de sacerdotes que nos trajeron una versión mejorada y aumentada de la comunión espiritual con misas online por todos los sistemas de comunicación inimaginables. En aquellos días de miedo, la fe fue el mejor de los sustentos y aprendimos a valorarla aún más.

Gracias a los cientos de sacerdotes que dieron de inmediato un paso al frente para acompañar a los enfermos, enfundados en bolsas de basura por único EPI, ante el abismo de lo desconocido, para aportar el alivio espiritual que necesitaban en ese momento quienes parecían destinados a morir solos y aislados. Algunos de nuestros sacerdotes y religiosos dieron su vida en aquellos meses, contagiados con esta pandemia cruel que nos ha dejado devastados.

Fuera de los hospitales, nuestra madre la Iglesia nos seguía cuidando. Cáritas, Obras Misionales Pontificias, cientos de organizaciones sin ánimo de lucro, se pusieron a luchar a brazo partido contra una de las peores consecuencias de la enfermedad: la crisis económica y social de la que tardaremos mucho en salir. Allí estaban los comedores sociales, los economatos, las casas de acogida, para dar refugio al que lo requería porque las calles desiertas dejaron sin pan a demasiados.

Cuando volvemos a la calle, nuestras parroquias se reinventaron, llenaron de pegatinas los bancos para poder mantener la distancia adecuada, multiplicaron las misas dominicales para garantizar los aforos, y se volcaron con una feligresía sedienta de comunidad. Organizaron charlas y catequesis online cuando era necesario para que la vida siguiera uniéndonos aunque el virus nos lo complicara. Y nos dieron la oportunidad de celebrar todos los sacramentos en el año en que la fiesta posterior perdió todo su sentido porque la importante es la que compartimos frente al altar.

De todo eso hace un año. Hoy nuestras calles no están tan desiertas aunque la plaza de San Pedro en Roma se ha vuelto a vaciar. Podremos celebrar el triduo pascual pero no tendremos procesiones. Agradecemos la vida en el recuerdo de los muchos que se han ido ya. Y, sobre todo, al mirar atrás, descubrimos que este año de pandemia que a todos nos gustaría borrar nos ha ayudado a mirar más a lo importante, a descubrir que hay vida dentro y no solo fuera y que Dios siempre estuvo con nosotros.

 

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad CEU San Pablo

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