Opinión

La buena muerte: lección aprendida

Capellán de un hospital.
photo_camera Capellán de un hospital.

Sin entrar en la guerra de cifras sobre el número de muertos que nos ha dejado la Covid-19, está claro que hemos aprendido una lección imprescindible: y es el poder valorar qué significa la buena muerte.

Hace años, en un extraordinario artículo del maestro Alejandro Llano en el semanario Alfa y Omega, recuerdo haber leído una de las mejores reflexiones sobre la muerte. El profesor Llano planteaba que, durante siglos, lo que pedían las personas era tener tiempo suficiente para prepararse para la muerte, que llegara “con previo aviso” para poder recorrer ese camino espiritual necesario en el final de la vida. De ahí la expresión popular “que Dios nos pille confesados”. Y también esa coletilla tan importante en las esquelas (y con un feo gerundio de continuidad) en la que se recuerda que el fallecido se marchó “habiendo recibido los santos sacramentos”.

Es decir, a lo largo de la historia, “morir en paz”, con las “cosas del cielo” arregladas y rodeado de la familia, era lo que se consideraba una buena muerte. Por cierto, del dolor se hablaba poco. Quizá porque había mucho. Ahora, como no es tan habitual, se convierte en el centro de nuestra atención.

La dura lección aprendida durante la pandemia es que, en medio de la vorágine del colapso hospitalario, con la falta de equipamientos adecuados, no hemos sabido propiciar una buena muerte para miles de personas. Lo cuenta el profesor Emilio García Sánchez, de la Universidad CEU Cardenal Herrera, en una reciente investigación científica. El temor al contagio en los primeros compases de extensión del coronavirus provocó que se lesionara ““lesionaron una de las bases de la calidad asistencial: procurar que el enfermo no muera nunca solo, sin despedirse de su familia y asistido espiritualmente”, explica este investigador.

La conclusión es elocuente: aplicadas las medidas médicas necesarias para paliar el dolor, lo que todos buscamos para tener una “buena muerte” es estar acompañados, tener el corazón en calma y sentir el cariño de los nuestros. Muy útil la reflexión en estos tiempos convulsos en los que el Gobierno ha querido aprovechar para legislar sobre la eutanasia.

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