Opinión

Transparentes

Vaticano.
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Confianza. Credibilidad. Ética del emisor. La Iglesia, vapuleada en los últimos años por algunos escándalos que, aunque pocos, consiguen eclipsar el buen hacer de cientos de miles de personas, sacerdotes, religiosos, laicos, instituciones, organizaciones, asociaciones... cada vez se toma más en serio la formación de quienes, de un modo un otro, desde el púlpito, en el foro público, en los medios de comunicación, se convierten en portavoces del mensaje de Cristo. Y por eso ha reunido en un encuentro compartido a responsables de medios en las diócesis y a sus ecónomos para reflexionar con ellos sobre cómo podemos mejorar en el fondo y en la forma de lo que comunicamos.

No nos flagelemos de manera innecesaria. En los últimos años, los que nos dedicamos a este oficio de intérpretes de una realidad compleja, hemos comprobado con alegría cómo la Iglesia ha ido abriendo puertas y ventanas para dar a conocer su verdadero yo. Porque en demasiadas ocasiones, las voces interesadas y bien orquestadas del anticlericalismo eran las únicas que se escuchaban por una interpretación inadecuada por parte de la Iglesia de que lo mejor ante la crisis es dejar pasar el temporal. Pero ya sabemos que, como explicaba Ángel Expósito, periodista, director de La Linterna de Cope y uno de los que ha puesto en más ocasiones voz a esa Iglesia en las misiones, entre los pobres, volcada con la educación, capaz de llevar a Dios allí donde todo parece un incendio, si no contrarrestamos el mensaje negativo contra la Iglesia, ese será el único que se escucha.

Junto a la valentía hacen falta buenas estrategias. Y en el transcurso de la I Jornada sobre transparencia y buen gobierno en la Iglesia que se ha celebrado en Madrid y en la que tuve la suerte de participar como decana de la Facultad de Humanidades del CEU, lo que se puso de manifiesto fue algo tan antiguo como la humanidad: la clave está en contar historias.

Eso que ahora llaman “storytelling” por influencia de los anglosajones representa uno de los argumentos de más peso en la retórica, el pathos, el que apela a las emociones e interpela a nuestro receptor porque toca su corazón y genera una empatía con nuestro mensaje. Contar historias es la antiquísima manera que han tenido las sociedades de transmitir sus legados, de explicar las complejidades de sus engranajes, de educar la moral, de poner el foco en lo bueno y alertar de lo malo.

Transparencia. Eso es lo que se logra al transmitir historias sencillas y reales, historias que inspiran confianza, que dan credibilidad a los relatos, que confirman la ética de sus protagonistas. Y la Iglesia está llena de esas buenas historias ocultas que tenemos que aprender a contar.

María Solano Altaba

Decana

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación Universidad CEU San Pablo

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