Opinión

Ataques sin argumentos

Por eso no es de extrañar que los políticos en su conjunto -salvo honrosas y escasas excepciones- hayan hecho descender hasta niveles bajo mínimos el debate sobre la eufemística ley de salud sexual.

El primer descenso fue terminológico. Los proaborto defendían una realidad y nadie supo dar empuje durante décadas a que los antiabortistas son en realidad provida. Después llegó el elenco de eufemismos para disfrazar la dolorosa palabra con perífrasis tan falaces como interrupción voluntaria del embarazo. No solo embarazo suena en positivo y no solo se oculta que es la voluntad de la madre la única que se tiene en cuenta, sino que la interrupción exigiría que se pudiese retomar, y no es el caso.

Poco a poco, esa mayoría silenciosa que se había visto acallada por una minoría gritona de mujeres enfervorizadas con el "nosotras parimos, nosotras decidimos", fue tomando cuerpo y autonomía para dotarse de una voz reconocida que representase a la opinión más común y normal de la sociedad y que, al tiempo, mantuviese vivo el debate real en los medios de comunicación. Ahí está, año tras año, manteniendo los estándares de calidad discursiva para presentar un mensaje en el que prima el término vida.

Porque es de la vida de lo que en realidad se debate. Por eso decía monseñor Munilla que no estamos descendiendo a lo importante. Hace demasiados años que la sociedad ha quedado contaminada por la errónea idea de que este es un choque entre dos derechos, el de las madres y el de los niños. No es así. Este es un debate entre el derecho de un niño a la vida y el inexistente derecho de la madre, cuya vida no corre peligro alguno, a la comodidad, a seguir viviendo de tan placentera manera como antes de concebir a su hijo en su seno.

Entre vida y comodidad, gana vida. Y no tiene nada que ver con que a los obispos les guste o no. Lo demás son ataques sin argumentos.

María Solano Altaba

@msolanoaltaba

Decana de la Facultad de Humanidades del CEU

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