Opinión

Promover la vida, no la muerte

Eutanasia.
photo_camera Eutanasia.

Puede ser una coincidencia no buscada, pero resulta escandalosa, que en la fiesta de la Virgen de Lourdes y Jornada Mundial del Enfermo,  los promotores de la muerte comiencen los trámites para implantar la eutanasia. ¡Bonita manera de atender al enfermo! Se trata, en lo posible, de acabar con la enfermedad, no con el enfermo. Aún hay tiempo para evitarlo

No se entiende la urgencia en abrir la puerta legal para poder enviar al otro mundo a muchas personas, porque se piensa que ya no son  "rentables" a  la sociedad, y además originan unos gastos  que podrían evitarse.  Puestos a evitar gastos se podrían revisar muchos capítulos del presupuesto nacional, como por ejemplo el de la pléyade de ministros y cargos adyacentes. Valorar a las personas con un criterio economicista y pragmático nos retrotrae a los momentos más duros del racismo y de la compraventa de esclavos.

El otro falso y cínico criterio es el de la compasión: que no sufran los enfermos...  Efectivamente los enfermos no quieren sufrir, pero no a costa de que les maten. ¿No será más bien que el que ha de cuidar al enfermo no desea hacerlo y quiere quitarlo de en medio?. ¿Por qué no dedicarse a potenciar la medicina paliativa, tan eficaz hoy día?

Matar a un enfermo es un crimen, se apruebe o no la eutanasia. Como abortar en un crimen, esté aprobado o no el aborto. No es extraño que si los padres (y los que aprueban el aborto)  matan a sus hijos, otros hijos acaben queriendo matar también a sus padres. Y todos tendremos que dar cuenta un día de nuestros actos, querámoslo o no, aunque el arrogante diga "no hay Dios que me pida cuenta" (Salmo 9)

Es descorazonador que algunos responsables del cuidado y progreso de los pueblos tengan una mentalidad tan materialista e inhumana, tan contraria al verdadero progreso, que necesariamente ha de comenzar por proteger y respetar toda vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural.  Constituirse en señor de la vida y de la muerte - decidir quién puede nacer y quién puede vivir-  es despreciar a Dios y a los hombres. Las personas con esta mentalidad no pueden ser fiables ni creíbles; pierden la legitimidad moral para gobernar, porque son un verdadero peligro público. Haber sido elegido democráticamente es un requisito necesario pero no suficiente de garantía moral. Y los padres de los que desean aprobar la eutanasia, ¿se sentirán seguros en el trato con sus hijos? Tienen motivos para no estarlo.

Entre las muchas palabras engañosas, indudablemente una de ellas es esta: "eutanasia", que significa "buena muerte".  Engañosa y cínica, porque quitarse la vida voluntariamente o aprobar  que otro te la quite, de ningún modo es una buena muerte: es una muerte indigna y cobarde de un ser humano (aún con el atenuante del dolor, y sobre todo de la falta de atención y cariño que pudiera tener esa persona), porque un anciano o un enfermo no es cacharro viejo e inservible que se puede tirar, sino una persona con toda su dignidad inviolable, independientemente de que tenga más o menos mermadas sus facultades físicas o psíquicas.

No se debe caer en el error de pensar que somos persona porque pensamos, sentimos, decidimos..., y por tanto cuando perdemos esas capacidades ya no lo somos. Es justamente lo contrario: pensamos, sentimos y decidimos porque somos persona, sana o enferma, joven o anciana, estemos en plenitud de facultades o ya estén mermadas o disminuidas por la enfermedad o los años.  Somos persona porque tenemos un alma espiritual que nos distingue esencialmente de los animares, y un destino trascendente que no termina con la muerte. Pobre del que no lo vea así, porque inevitablemente tendrá una visión corta de la vida y triste ante la muerte.

Toda vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural, tiene un valor sagrado. Si se aprueba que determinadas personas ya no merecen vivir –siendo inocentes, se entiende- todos perderemos la garantía de la inviolabilidad de nuestra vida.

Juan Moya, doctor en Medicina

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