Opinión

La dignidad de ser hombre o mujer

El papa Francisco frente a una pareja de novios.
photo_camera El papa Francisco frente a una pareja de novios.

Cuando hablamos de dignidad, en general, hacemos siempre referencia al valor que posee algo o alguien. Decimos que algo es digno, porque lo consideramos valioso y decimos que alguien tiene una dignidad, porque posee un determinado valor personal. Se trata de algo que a cada persona le hace valiosa, le otorga poseer o tener valor por sí mismo.

Tener dignidad humana no es una mera calificación que se atribuye a un sujeto, porque la dignidad, en el caso del hombre y de la mujer, se identifica plenamente con su ser y con el hecho de existir. El ser humano es digno porque ya es y existe y, en consecuencia, su dignidad es precisamente “ser y existir”.

Esa es la dignidad del hombre y de la mujer, a la que se refieren todas las declaraciones que la han reconocido en el mundo y que responde al hecho de ser todos imagen y semejanza de Dios.

Esa dignidad tiene un primer fundamento. Se trata del hecho de ser de cada persona, es decir, la aportación que cada persona otorga al mundo cuando comienza a vivir, simplemente por el hecho de ser tal como es. Una aportación personalísima, única, exclusiva, irrepetible, puesto que cuando muera nadie podrá aportar al mundo lo que aportó él o ella. En esto consiste la dignidad de la persona, sólo por ser persona.

Tiene también un segundo fundamento, pues en el instante en que se inicia la existencia de un ser humano en el mundo, esa persona se convierte, de algún modo, en propietario del mundo. Podemos decir que el mundo le pertenece. Ya es parte del mundo. Es más, él o ella ya es el mundo.

Estos dos fundamentos de la dignidad de la persona se manifiestan claramente en el relato bíblico de la creación del ser humano.

Dios, una vez creado el mundo, con todos sus seres vivos, enriquece la obra de su creación introduciendo en ella un ser distinto del resto: el ser humano, el hombre y la mujer, que reflejarán “su imagen y semejanza” y, por tanto, estarán dotados de una personalidad propia y única, que es una imagen y semejanza propia, exclusiva y única del Ser de Dios.

A la vez, les hace participar del dominio que Él tiene sobre toda la creación: “multiplicaos y dominad la tierra”. Hace dueños a los seres humanos, podemos decir otorgándoles la copropiedad, sobre la obra creadora.

Juan José Corazón Corazón

Doctor en Derecho Canónico

Doctor en Derecho

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