Opinión

La dignidad del día a día

Voluntad y esfuerzo
photo_camera Voluntad y esfuerzo

Cuando cada mañana suena el despertador, y ahora, también, si queremos el móvil, no deja de sorprendernos la pregunta que a casi todos nos viene a la cabeza: ¿para qué me voy a levantar?

¡Venga!, un poquito más de sueño, que es lo que me pide el cuerpo. Pero llega un momento, porque siempre llega el momento, un instante, en que ya no su puede dar más capricho al cuerpo, por mucho que lo pida.

Hay que hacer el desayuno, hay que levantar a los niños, hay que estar en condiciones para ir al trabajo y, si no lo tengo, hay que intentar encontrarlo, hay que ordenar y limpiar, más o menos, la casa

A veces hay que ir a comprar. Si comemos en casa, preparar la comida y si no, preparar, al menos la cena.

Si vemos un rato la tele o dedicamos un rato a la lectura, hasta volver otra vez a sumergirnos en el sueño de cada día, de cada noche.

Esto que acabo de describir, tan trivial, yo lo considero como la grandísima dignidad que para Dios posee cada día de nuestra vida.

El motivo me parece tan impresionante y, a la vez sencillo, como que es, casi exactamente, la misma vida a la que quiso someterse Dios hecho Hombre, Jesucristo, durante la mayor parte de su existencia en este mundo.

No quiso vivir en un grandioso palacio, personaje de grandes actos protocolarios y recibiendo a altas autoridades, porque sabía perfectamente que la mayor gloria que podía dar a Dios era ofrecerle su levantarse cada día, su desayuno, su ayudar en casa, su educación, su ir a comprar esto o lo otro, su estar con sus familiares y amigos, su trabajo, su último beso del día a su padre y a su Madre de “hasta mañana”.  Así lo confirmó en varias ocasiones Dios Padre, llamándole mi “hijo predilecto, mi hijo preferido”. Y además, ni más ni menos, dijo “en quien tengo mis complacencias”.

Pero Él, haciéndolo así, nos ha enseñado un truco y, no poco importante, y es que cada cosa que hacía, hasta las más pequeñas, daban Gloria a Dios y, por lo tanto, manifestaba su dignidad.

Al hacerlo así, podemos aprender que en cada cosa pequeña nuestra del día a día también podemos manifestar la grandísima dignidad de Dios. Verdaderamente vale la pena levantarse cada día, aunque nuestro frágil cuerpo nos pida un poquito más de sueño.

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