Opinión

Víctor Pérez-Díaz y la respuesta a la secularización

Víctor Pérez-Díaz.
photo_camera Víctor Pérez-Díaz.

Considero que Víctor Pérez-Díaz es uno de los sociológos más importantes de nuestro país.

Con regularidad, no sé con qué frecuencia, escribe unos informes sobre diversos temas. El último, ASP Researcher Paper 125(a)/ 2022, se titula “El proceso de secularización y la experiencia religiosa en este momento histórico”. Un texto de mucho nivel intelectual del que destaco algunas ideas.

Para analizar la viabilidad de la experiencia religiosa, el autor utiliza “un esquema pentagonal de la situación humana con cinco claves o puntos de referencia”.

A saber: “(1) una visión de la vida y la historia como un drama abierto, ante una audiencia relativamente indeterminada de testigos, cuyo curso depende, en buena medida, de las decisiones relativamente libres que vayamos tomando. Lo cual supone (2) unas preguntas sobre el sentido de tales decisiones, incluyendo la preguntas últimas sobre el sentido de una vida que pretende durar, y de la muerte; (3) un impulso ascensional, que incluye el intento de poner cierto orden en el mundo (acorde con las respuestas a esas preguntas), o al menos de contener su desorden, lo cual implica una tensión entre estar en el mundo y no ser del todo parte de él; (4) un sentido de los límites, por lo pronto los de nuestra capacidad para responder aquellas preguntas, y así entender y ordenar el mundo, lo cual remite a alguna forma de búsqueda de ayuda. Y (5) todo ello (drama, preguntas, impulso y sentido de los límites) vivido por las gentes en sociedad, en tanto que individuos no tanto aislados cuanto insertos (con un mayor o menor distanciamiento) en un marco de relaciones sociales, una comunidad (o un entramado de comunidades)”.

Afirma Pérez-Díaz que, en el actual momento de la historia, caracterizado por el desorden, “las experiencias religiosas pueden contribuir a iluminar a los agentes para hacer su apuesta y representar su papel en el drama en curso. Una apuesta que intenta contar con el impulso preciso – y con un sentido de la realidad que incorpora el saber de sus límites. Ello implica una apuesta, bien por dejarse ir, bien por hacer algo y poner orden en el desorden en curso”.

Conceptúa el proceso de secularización que estamos viviendo, en contra de lo que creen los que afirman que va in crescendo, como “un proceso contingente, un drama abierto, hecho de confluencias y alejamientos entre la cultura religiosa y la cultura secular”.

Lo que está claro es que estamos en un mundo de nuevas mutaciones, “con la huida hacia adelante de la globalización, la gobernanza a distancia, sociedades fragmentadas, el espacio público confuso y una cultura de la innovación permanente”. 

Cabe entender la situación actual desde “(1) una situación más bien ordenada, que no hay sino que cuidar y apuntalar; o (2) una situación en la que se detectan señales de alerta, y de alarma, de una deriva hacia un desorden de media o alta intensidad. Aquí sugiero un escenario: el de considerar la situación como la de un mundo a la deriva”.

Se trataría de “un mundo que cabe definir por lo que tal vez intenta ser pero no es: no es “un hogar”. No lo es, a pesar de sus muchos e indudables avances, puestos de relieve, y con riqueza de datos y plausibles razones, por tantos (por ejemplo, Pinker, 2018).

¿Podía ser esta crisis un momento propicio para la experiencia religiosa? Sin duda, si sabemos dar una respuesta oportuna a estas circunstancias: “(1) La sensación de drama aumenta. (2) Las preguntas quedan en el aire. El desorden actual promueve la insatisfacción con las respuestas de los dirigentes políticos, de las elites de turno, de los aparatos mediáticos, y sus lugares comunes. Lo cotidiano es puesto en cuestión. Las preguntas quedan sin respuesta; mientras que se formulan con más inquietud que antes. (3) El impulso cede. La mera acción, confusa, resuelve poco; la energía se consume; la dejadez y la acidia pueden apoderarse del ánimo. Se echa de menos el impulso ascensional. (4) Los límites son más obvios. La situación pone de relieve los límites de lo que se creía un camino de progreso indefinido, apoyado en lo que sabe y puede el conjunto de la sociedad. El prometeísmo dominante en varios momentos del pasado reciente parece insostenible, y una mirada realista a lo que de verdad se sabe y se puede, parece más aconsejable. (5) Se comprueba que se requiere cada vez más la cooperación de los “otros”, por lo pronto su respeto de las reglas comunes que garantizarían la convivencia”.

Es  decir, “la crisis reforzaría la demanda de aquellas formas de religiosidad que se definen a partir del esquema pentagonal de la vida como drama, las preguntas últimas, el impulso ascensional (aunque sólo sea para escapar del naufragio, del maelström...) combinado con un sentido de los límites (estaríamos ante una sociedad escarmentada por la crisis actual y el torpe manejo que se ha hecho de ella), y con el cuidado por la relación con los otros”.

Pérez-Díaz, al final de su trabajo, habla de la “sublimidad del sentir”, y de algunas afinidades electivas entre positivistas románticos y cristianos contemporáneos (Giacomo Leopardi, Luigi Giussani, y otros).

Me da la impresión de que este marco de análisis sirve sin duda para una reflexión sobre la respuesta cristiana. También por parte de la Iglesia.

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