Opinión

El último número de la revista Sal Terrae

Revista Sal Terrae.
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Los lectores tienen ya puntual información del último número de la Revista de los jesuitas en España, Sal Terrae, dedicada a la libertad de opinión en la Iglesia. Un ejemplar que da mucho juego y que plantea, en la práctica, no solo una radiografía de algunas de las patologías de la información en la vida de la Iglesia sino también algunas ideas sobre la comprensión actual del papado.

Hombre, a la hora de abordar el tema general, no es que sea como aquellos números de “Razón y fe” en los que escribían José Luis Martín Descalzo, José María Javierre, Antonio Montero, etc.

Ya en la presentación, que se supone es obra del director, el P. José Ramón Busto Saiz, se dice que los “pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI –más el primero que el segundo- posibilitaron, por una parte, el auge de grupos que convirtieron la palabra papal en algo sagrado e intocable con la consiguiente marginación de otras opiniones en el seno de la Iglesia”.

Formulada así, por cierto, la tesis, también habría que pensar que en el pontificado del papa Francisco se puede estar dando la tentación del auge de determinados grupos que convierten la palabra papal en algo sagrado e intocable, con la consiguiente marginación de otras opiniones en el seno de la Iglesia.

Lo que pasa es que no pocas veces se da a entender que quienes antes eran los convertidores de la palabra del papa en algo sagrado, ahora son los que están poniendo en duda la palabra del papa Francisco, desacralizándola, vamos. Que se han mudado las tornas.

Creo que leí no hace mucho al siempre provocador jesuita González Faus escribir sobre el fenómeno de la papolatría en la Iglesia contemporánea, antes y ahora. 

Sigue el editorial recordando, ya metido en harina del tema que le ocupa, lo que decía la instrucción “Communio et progressio” de 1971. Un texto que hay que recordar con frecuencia y que se encuadra en la reflexión sobre la Opinión Pública en la Iglesia:

“Es necesario, pues, que los católicos sean plenamente conscientes de que poseen esa verdadera libertad de expresar su pensamiento, que se basa en la caridad y en "el sentido de la fe". En ese sentido de fe que es despertado y mantenido por el Espíritu de verdad, de tal manera que el pueblo de Dios, guiado por el Sagrado Magisterio, y en fiel seguimiento del mismo, adhiere indefectiblemente a la fe confiada en el principio a los creyentes, penetra más plenamente en ella con juicio recto y la aplica más plenamente a la vida (52); y en la caridad, a cuya luz, la misma libertad es elevada a la categoría de comunión en la libertad de Cristo, quien librándonos de las ataduras del pecado, nos hizo capaces de juzgar libremente según su voluntad. Las autoridades correspondientes han de cuidar pues de que el intercambio de las legítimas opiniones se realice en la Iglesia con libertad de pensamiento y expresión. Por ello, determine las normas y condiciones conducentes a este fin (53)”. 

Tengo que confesar que del número, cuya parte dedicada al periodismo está escrita por dos mujeres periodistas, me he topado con un interesante y esclarecedor texto del jesuita Diego M. Molina, profesor de la Facultad de Granada, sobre la polarización en torno a la figura del Papa.

Asienta una serie de tesis sobre los nuevos movimientos en la Iglesia curiosas y otras sobre el papado que habría que tener en cuenta, incluso para la información religiosa. He aquí algunas:

  • “Quizá lo más llamativo ahora es que los ataques más mediáticos a la figura del papa provienen de funcionarios de la Iglesia, que se habían destacado anteriormente por la defensa a ultranza de la figura y de las palabras de los obispo de Roma”.
  • “Es totalmente necesario que la Iglesia, en momentos de crisis, asegure su identidad. Para la Iglesia católica ese punto al que se recurre es fundamentalmente el magisterio vivo de la Iglesia y dentro de él, especialmente, la autoridad del papa”.
  • “La llamada al discernimiento que ha hecho el papa Francisco desde el comienzo de su pontificado también ha de aplicarse a las intervenciones del papa a todos los niveles. No todo lo que hace o dice el obispo de Roma es palabra de Dios y, en la mayoría de los casos, sus afirmaciones están sujetas a la información que posea en ese momento, especialmente cuando se trata de “hechos particulares””.
  • “Deberíamos aprender a distinguir entre la persona y la función que tiene en ese momento en la Iglesia”.

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