Opinión

La última llamada

Miércoles a eso de las 14, 15 horas. Suena el teléfono móvil. Una conversación fugaz. Me dice que acaba de dejar grabado el último programa en el que mi colaboración, en forma de nuevas Greguerías, decía algo así como que si Dante tuviera que escribir, de nuevo, la Divina Comedia, en vez de colocar a la puerta del infierno el lema de que quien entre ahí, que pierda toda esperanza, debiera escribir aquí no cabe un tonto más.

Mi interlocutor, mi amigo, mi confidente en miles de batallas periodísticas, me dice que está ya en la estación, en un Alvia camino de Santiago para asistir a una cena, invitado por el alcalde de esa santa ciudad con motivo de las fiestas del Patrono, que lo es de España. Camino de Santiago, peregrinación de vida, Ultreia, más allá. Un dato a vuela pluma del camino de la existencia que se convierte, a estas horas, pasadas más de veinte vueltas de las agujas del reloj, consumida la existencia que hace que el tiempo presente remita a la eternidad, en trágica profecía.

Los lectores de Religión Confidencial habían tenido, no hace mucho, una muestra del buen hacer periodístico de mi interlocutor. Su libro sobre el pintor Antón Lamazares había ocupado el espacio de esta columna. Un libro cargado de la preocupación religiosa. Quien firmaba ese prodigio de cultura y de literalidad de la existencia era un hombre formado en la Escuela Periodística del Ya, a la sombra de Herrera Oria, entre generaciones que habían entendido que el periodismo es un servicio, antes que un poder, y que la dignidad la persona, abierta a la trascendencia, es un límite ante el todo vale de una práctica profesional sin escrúpulos.

Aquella llamada fue... la última llamada. Ahora solo la cruz, el misterio de Cristo, muerto y resucitado, que es respuesta y sentido de existencia, en la vida y en la muerte. En no pocas ocasiones, ante un café bien cargado de experiencia y con una copa por testigo de la amistad, Dios, Jesucristo y la Iglesia fueron protagonistas de nuestra conversación.

Mi amigo viajaba en el segundo vagón, de un tren camino a Santiago, Ultreia, que cambió de rumbo y enfiló el destino de la eternidad.

Mi amigo era periodista, publicista, editor. Su nombre, Enrique Beotas, y falleció en las primeras vísperas de la Solemnidad del Apóstol Santiago, apóstol de Cristo, quien nos recuerda, con su muerte y su resurrección, que el impacto de un vagón contra la existencia no tiene la última palabra.

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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