Opinión

Mi última carta a don Anastasio     

El matrimonio de misioneros laicos, junto al padre blanco José María Cantal y Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias.
photo_camera El matrimonio de misioneros laicos, junto al padre blanco José María Cantal y Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias.

Querido Anas,

Te nos has ido. Ha llegado tu hora. Por más que llevábamos tiempos imaginando que llegaría este momento –la medicina alcanza hasta un límite y los milagros no son de nuestra competencia, aunque con fe también los pedimos-, la noticia por esperada no ha dejado de ser un puñetazo en el estómago del alma.

Cuando hace bien poco nuestro querido Juan Pedro me contaba que te había ido a ver al pueblo, que había querido despedirse de ti, y que solo pudo ya acariciarte, pensé que se acercaba imparable el “consumatum est”, el estertor de lo humano, la última mirada a lo terreno.

Querido Anas. No tengo palabras, quizá solo sentimientos de agradecimiento a Dios por haberte conocido, por haber tenido la oportunidad de ser tu amigo, de haberte ayudado, y también estorbado, en tantos proyectos.

Han sido tantas las horas compartidas, las confidencias y desahogos, tantos los trabajos y desvelos en esa pasión común de las misiones y los misioneros, que solo las lágrimas hacen posible que se trasparenten mis sentimientos.

Sabes que siempre me sorprendía tu reciedumbre castellana, tu habilidad para hacer posible lo imposible, por persuadir incluso a quienes parecían más alejados y ajenos a lo nuestro. Recuerdo ahora el día en que nos reunimos en el despacho del director de “El País” y cómo le convenciste de lo que parecía no muy convencido. Anas, tú sí que eras creíble. 

 Sabes que siempre admiré tu capacidad para guardar silencio ante las traiciones de quienes se decían amigos, ante los gestos de desprecio, ante las decisiones que implicaba una injusticia que nunca nadie merece. También dentro de esta Iglesia humana. Sabes que han sido muchas las miradas cruzadas sobre las perplejidades de los cambios de viento. Sabes que discutíamos sobre las respuestas ante campañas que tintaban de negro lo que era una realidad de colores puros.

Y sabes que siempre te agradeceré algo que me sigue sorprendiendo de tu vida. Aunque ahora revele un secreto a voces, sabes que te apreciaba porque guardabas un secreto que no lo era, tu pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que era para ti manantial de espiritualidad y fraternidad sacerdotal que te hacía único. 

Tú has sido uno de los sacerdotes diocesanos españoles que han demostrado que la herencia de san Josemaría es siempre un más, y nunca un menos; que la santificación en el trabajo, y el trabajo bien hecho, es en beneficio de todos, también en la Iglesia. Incluso de quienes muestran un rictus de desagrado. Tu has sido un colaborador incansable de los obispos, de tus obispos, fiel, sin afectaciones, con la verdad por delante. Por tanto, has demostrado que, por más que se diga, nada de dobles obediencias, ni nada parecido.

Y que lo que aprendías en tus círculos solo alimentaba esa clave de tu vida era tu amor apasionado por Jesucristo y por la Iglesia, que te hacían amar con pasión a cada persona, en particular a los más necesitados, a los más pobres, a los más alejados. Eras un sacerdote de cuerpo entero, como se decía antes. Y siempre, en todo lugar, en todo momento, en toda circunstancia, sacerdote de Jesucristo, no funcionario de nada ni de nadie en posición de ganar ninguna carrera.

Doy gracias a Dios, querido Anas, por haber estado a tu lado. Lo mereces todo. Y , seguro, ya lo tienes, tienes el todo que es el abrazo de amor pleno. Ya lo sabes, aunque no lo quieras saber, porque eras la persona más  ajena a los barnices que he conocido. Sé que intercederás por nosotros. Una vez más, gracias, querido Anas. Un beso de Loli y los niños.

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