Opinión

La teología de José Manuel Romay

Le debo a un amigo el descubrimiento de la teología de José Manuel Romay Beccaría, Presidente del Consejo de Estado.  Mejor dicho, de la eclesiología, que es fruto de su cultura y de su sabiduría implícita y explícita.

Lo contó en días pasados Lucía Méndez en “El Mundo”, pero no del todo. Escribía que el Presidente del Consejo de Estado se ha lanzado a construir la narrativa del Presidente Rajoy. O, a lo sumo, a describirla para el gran público. La pregunta es si esa narrativa es post hoc, ergo propter hoc, o si es fiel espejo de las concavidades de la historia.

Pero lo que no dijo al corresponsal política del otrora feudo de Pedro J. es que José Manuel Roya Beccaría se había metido, en su diagnóstico del presente, a teólogo, o, por llamar a las cosa por su nombre, a hombre de pensamiento en perspectiva de trascendencia de pensamiento, que es como confesar que el genio español es un genio teológico, incluso para la política de altos vuelos.

Ocurrió en la presentación del último número de “Nueva Revista”, 147 para más señas, proyecto del recordado A. Fontán, que hoy lleva la gente de la Universidad Internacional de La Rioja, uno de los núcleos culturales más interesantes del presente.

Le habían encargado ese número a Carlos Aragonés, hacedor siempre de empresas intelectuales polisémicas y de sinuosas provocaciones en el mundo de las ideas, y se presentó en la Casa de América de Madrid. Por cierto, una puesta de largo después de que algún periodista quisiera atar en corto ese número, y ese pensamiento, con la lectura más que interpretativa de la colaboración del historiador Fernando de Meer.

Pues hete aquí que en la presentación, Romay Beccaría, que ha recibido el impacto cultural del Papa Francisco, dijo lo siguiente, y lo copio literal para solaz de los lectores de esta columna. Disfruten pues:

“Os referís en muchas colaboraciones a Europa, la mujer fenicia raptada por el dios Zeus que dio nombre a un continente, y en otras muchas a la Iglesia.

Nos habláis de Papas en una semana como esta en la que hemos asistido a la elevación simultánea a los altares de dos colosos: un hijo de campesinos que nos regaló Pacem in terris y que cambió la Iglesia y, un hijo de Polonia, víctima de todos los totalitarismos, que cambió el mundo. Fueron elevados a los altares en una ceremonia a la vez sencilla y grandiosa. Nadie domina la escenografía y la liturgia como la Iglesia Católica, ni siquiera la tradición, la pompa y el boato británicos.

El domingo asistimos a un movimiento táctico del Papa Francisco digno de César o Alejandro. Bendito eclecticismo, divina manifestación de centrismo de un pontífice que tiende puentes. Esta canonización ha satisfecho a la vez a los entusiastas del Concilio Vaticano II y a los del post-concilio, a los que veían las ventanas medio vacías y a los que las ven medio llenas.

El Papa Francisco ha practicado un prodigioso funambulismo por las catacumbas del alma de la Iglesia, haciendo las delicias de Voltaire, aplicado y díscolo ex alumno de la Compañía, que no hubiese esperado nunca menos del primer Papa jesuíta de la historia”.

José Francisco Serrano Oceja


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