Opinión

Sobre la hybris

Jorge Juan Fernandez Sangrador.
photo_camera Jorge Juan Fernandez Sangrador.

Hoy le voy a copiar la columna a mi buen amigo, y uno de los sacerdotes más cultos del presente en España,  Jorge J. Fernández Sangrador, que me hizo caer, me iluminó, hace unos meses sobre uno de los temas más interesantes del momento, lo que los clásicos denominaban la “hybris”. Originariamente surgió a propósito de su lectura del libro de David Owen “Hubris. The Road to Donald Trump. Power, Populism, Narcissism”.

Y digo copiar, porque voy a reproducir y modificar solo algunos de los párrafos de su texto publicado en la prensa regional asturiana. Por lo tanto, lo que se dirá es una adaptación sutil de lo que él escribió hace tiempo. Me parece tan interesante lo que propuso que bien merece que le dé difusión y así nos beneficiemos de su escrito cuanto mayor número de lectores, mejor. 

Decía Sangrador que David Owen halló en el “síndrome de hybris” la clave para interpretar “ciertos rasgos de carácter y algunas acciones excesivas realizadas por esas figuras de la política, que llegaron a ocupar los más altos puestos en el gobierno de sus respectivos países y que estuvieron, por ende, expuestas a la intoxicación provocada por los efluvios embriagadores del poder, así como bajo los efectos de la pasión denominada hybris, de la que filósofos, dramaturgos, psicólogos y endocrinólogos han escrito páginas memorables”.

Los tradicionalmente relacionados síntomas de la hybris son, entre otros, desmesura, insolencia, intemperancia, inclinación al narcisismo, visión del mundo como escenario para el lucimiento personal, preocupación en exceso por la imagen, tendencia al mesianismo y a la exaltación, identificación de sus intereses particulares con el bien general, confianza excesiva en el propio juicio, menosprecio del consejo ajeno, creencia de que solo ha de comparecer ante el juicio superior de Dios o de la Historia, aislamiento y pérdida de contacto con la realidad, empeño en seguir una sola línea de actuación sin tener en cuenta el coste, la viabilidad o el que se sigan consecuencias no deseadas.

La auto convicción de que uno está dotado de cualidades extraordinarias para el mando, en un momento en que todo está salido de control, es la primera y más evidente demostración de que se ha contraído el virus de la “hybris”. Luego, según los especialistas, se debe añadir la desazón, los berrinches, el perseverar en los errores, el aferrarse al cargo, el negarse a cambiar de rumbo, el culpar obsesivamente a los demás de lo que no funciona, más berrinches, el descastarse, el faltar a la verdad.

En “Mundo y persona”, Romano Guardini escribió que “cuando el hombre rechaza la verdad, enferma. Ese rechazo no se da ya cuando el hombre yerra, sino cuando abandona la verdad; no cuando miente, aunque lo haga profusamente, sino cuando considera que la verdad en sí misma no le obliga; no cuando engaña a otros, sino cuando dirige su vida a destruir la verdad. Entonces enferma espiritualmente”.

Concluía Sangrador su texto sobre la Hybris afirmando que “si a lo anterior se suman las artes manipuladoras de los aduladores, los allegados, los pelotas, los arrastrados, los validos, los paniaguados, los “agradaores”, los conseguidores, los merodeadores áulicos, los favorecidos, los arribistas, los de las redes clientelares, los trepas, los Fouché y los Talleyrand. Podría llegar a darse una situación, abominable, como la que Chateaubriand describió con horror en “Memorias de ultratumba”: «De pronto se abre una puerta; entra silenciosamente el vicio apoyándose en el brazo del crimen, M. de Talleyrand caminaba sostenido por M. Fouché»”.

Ahí es nada…

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