Opinión

En recuerdo de la madre Almudena

En la última hoja informativa de la madrileña parroquia de san Ignacio de Loyola aparecía en portada una noticia que seguro no traspasará los límites informativos de esta columna.

El párroco de esa iglesia, Gabriel García Serrano, anunciaba a los feligreses el fallecimiento de una religiosa, la madre Almudena García-Morente, del Instituto religioso de La Asunción.

Es posible que a mucho lectores no les suene de nada este nombre. Pero quizá sí el apellido. García-Morente, autor de “El hecho extraordinario” y que fuera ordenado sacerdote después de su conversión. Acaba de fallecer la hija religiosa de uno de los filósofos más importantes que ha tenido España. Ahora que está de moda un libro que recoge el diálogo, por las calles de Madrid, entre los filósofos Javier Zubiri y Manuel García Morente, recordemos algunos aspectos destacados de la biografía de quien fue su hija religiosa.

Cuenta el párroco de san Ignacio de Torrelodones a sus feligreses, en un artículo cargado de emoción, que la madre Almudena, ya con 96 años, había desayunado estupendamente esa mañana, había participado en la eucaristía y, cuando la enfermera le preguntó cómo se encontraba dijo: "estoy muy bien, todo está bien". “La enfermera pidió que le dieran un poco de gelatina porque la notaba floja y cuando fueron a dársela, estaba expirando. Murió afirmando que estaba muy bien, que todo estaba bien”, apunta el párroco.

La madre Almudena había entregado toda su vida a la educación en los centros de las religiosas de la Asunción. Por cierto, es una persona clave en la biografía de algunas otras mujeres que debemos recordar por las relaciones en la historia. Así es el caso de Carmen Cuervo Radigales, una de las primeras mujeres del Opus Dei, que dio clases en el colegio dirigido por la madre Almudena.

La madre Almudena cumplió lo que su padre, que fuera decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central en sus años probablemente más gloriosos, escribió sobre lo que es un profesor.

Sirvan estas palabras de homenaje póstumo a la madre Almudena García Morente: “El alma del buen profesor ha de estar amasada con una alquimia peculiar y rarísima: saber sólido y abundante, sustentado en una curiosidad espiritual inagotable; cultura verdadera, exacta y sintética, en todo lo que no sea de su especial incumbencia; cualidades morales de carácter, de bondad y de firmeza no exenta de tolerancia. El buen maestro debe además ser alegre y resuelto, rápido, pero certero en el juicio, tenaz y sólido en la ejecución, atractivo y simpático, justiciero y comprensivo, exigente y comedido; debe poseer autoridad natural, imponer respeto sin provocar temor, manifestar cariño sin caer en la blandura y no permitirse nunca llevar sus preferencias hasta la predilección. Pero por encima de este conjunto ya exquisito de virtudes, el maestro verdadero ofrenda a su función el más grave y profundo de los sacrificios: el sacrificio de sí mismo”.  

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