Opinión

En recuerdo del cardenal Pell

Cardenal Pell en una entrevista de Sky News.
photo_camera Cardenal Pell en una entrevista de Sky News.

Fueron muchas las páginas de su “Diario en prisión” (Palabra) que me impresionaron. También lo hizo su flema anglosajona, esa ironía con la que abordaba determinados acontecimientos pasados de su vida.

Ahora que su corazón ha fallado, y que el Señor de la historia y de la verdad le habrá acogido en su seno, no está demás recordar algunos de los pensamientos que allí reflejó en esa hora de la verdad de su vida.

Permítanme un inciso. Rescatar en estas horas pasadas el diario de prisión del cardenal Pell ha sido una forma de oración por su eterno descanso. Una manera de hacerle presente, memoria y justicia.

Lo mismo me está ocurriendo con otro libro que sin duda ha marcado a generaciones en la Iglesia. Me refiero al “Informe sobre la fe”, el libro entrevista de Messori al cardenal Ratzinger. Les puedo asegurar que no ha perdido ni un ápice de vigencia.

Retomo el argumento primero. Recordaba el cardenal George Pell en su libro que el cardenal Francisco George (1937-2015), arzobispo de Chicago, habría predicho: “Moriré en la cama, mi sucesor morirá en prisión, y el suyo lo hará martirizado en la plaza pública. Su sucesor recogerá los escombros de una sociedad derruida, y contribuirá a reconstruir lentamente la civilización, como tantas veces ha hecho la Iglesia en la historia de la humanidad”.

No hace falta ser optimista, ni pesimista, para darse cuenta de que ese diagnóstico se refiere a un proceso en el que estamos inmersos, el fin de la cristiandad, que no supone el fin del cristianismo.

No voy a entrar ahora en el debate sobre si esa cristiandad que fenece es la que nació con el Giro Constantiniano, o es producto de la relación entre la sociedad medieval y la modernidad. 

Lo cristiano está perdiendo, si no es que lo ha perdido ya en determinadas sociedades, la situación de hegemonía. Nuestros principios ya no rigen la vida, ni siquiera son influyentes. Están incluso condenados a la irrisión. Se podría decir que en vez de ser capaces de proponer marcos morales de convivencia, vivimos de la compasión y de la caridad de quienes nos permiten participar en los Comités éticos de la sociedad plural.

La sociedad actual, basada en la tecnología y en una carrera hacia el transhumanismo, está construyendo un nuevo mundo, un nuevo orden, sin valores trascendentes. Un nuevo mundo que no es nuevo en el sustrato de sus presupuestos, dado que representa una vuelta a lo pagano, a la época de la historia anterior a la presencia del judeo-cristianismo.

Es decir, al tiempo anterior a la encarnación, lo que supone que el proyecto de la nueva historia –el afán adanista de las ideologías y de las utopías- se formula sin la dimensión constitutiva de la presencia de Cristo, Dios hecho hombre, que inauguró una dinámica de salvación inédita. 

Esto quiere decir que el mundo nuevo lo será por el desarrollo de la tecnociencia, por el afán prometeico. Pero será viejo, se hará sobre presupuestos ya sabidos, ya conocidos, ya experimentados.

¿Cuál debe ser nuestra respuesta y la forma de nuestra presencia? Aquí retomo lo que dice el cardenal Pell en su libro. Una propuesta basada en el testimonio de la verdad sobre la naturaleza de lo humano, sobre la verdad de quien es Camino, Verdad y Vida.

El cardenal Pell solía decirles a quienes afirmaban que no creían en Dios, o a quienes vivían acuciados por las dudas de fe, que repitieran todos los días una interpelación sencilla: “Querido Dios del amor, si existes, llévame a la verdad”.

La vida del cardenal Pell nos quiso llevar a la verdad.

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