Opinión

¿Qué no saben aún quién es Rafaela?

Jorge González Guadalix.
photo_camera Jorge González Guadalix.

No sé si ustedes saben que hay un cura, dentro de los muchos sacerdotes que pululan por la red haciendo bien y muy bien las cosas, que tiene una señora que le pone firme, que le marca el territorio, que le interpela, que le recuerda lo que no debe olvidar.

Para los finos de turno esa señora, que se llama Rafaela, es el autor implícito, que diría Roland Barthes,  el ethos de la retórica aristotélica, la suegra de Campmany, las señoras que siguen aguantando a Juan Manuel de Prada… Algo y mucho más que un recurso literario.

Pues el bueno del cura de Braojos de la Sierra, Gascones y La Serna del Monte, acaba de editar un libro “Café y rosquillas con la señora Rafaela” que, hombre, no vamos a decir que es el diario de un cura rural de Bernanos, pero se le parece.

Tener hoy un cura en un pueblo de España es un lujo. Casi me atrevería a decir que parecido a tener un sacerdote en una parroquia en el barrio. Bueno, compartir sacerdote entre varios pueblos es igual de lujo. Por eso hay que agradecer especialmente a los sacerdotes de cuerpo entero esa vida de entrega impagable a la Iglesia, a su ministerio, a los fieles, al fin y al cabo. 

Quien quiera derruir las bases de la Iglesia católica, lo que tiene que hacer es desnaturalizar los sacramentos del matrimonio y del sacerdocio. Es decir, ir a la línea de flotación de los procesos de configuración sacramental de la articulación del amor fecundo que se da, de la gracia que se entrega, de la Iglesia la Católica y de las millones de Iglesias domésticas. Conjugaciones del amor como don y como gracia, en la naturaleza y también en la cultura. Matrimonio y sacerdocio, por tanto.

De ahí que ese café con Rafaela, que son muchos cafés, que son muchos temas, que son muchas horas de oración, de relación con el pueblo fiel de Dios a él encomendado, haga las delicias de los lectores.

Por la agilidad del estilo literario, pegado a la eficacia y a la economía lingüística del periodismo, por la sinceridad a la hora de expresar el pensamiento y, sobre todo, porque lo ratifica con su vida, con la coherencia de vida.

Cada vez empalagan más los discursos altisonantes que esconden, en no pocas ocasiones, la hipocresía de la mediocridad como impotencia.  

El cura del que hablo, por cierto, se llama Jorge González Guadalix, es del clero de Madrid y hace tiempo que hizo una retirada estratégica ante la tormenta que se cernía sobre la capital de España.

Y se fue a la montaña que atraviesa la línea central de la piel de toro, no para preparar la reconquista, que eso solo está ya en los libros de historia, sino para volcarse en lo esencial, en los pobres que, a una hora de la Plaza Castilla, también son España abandonada.

Distancia, qué buenas son ciertas distancias…

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