Opinión

A propósito del respeto a la vida privada

Xavier Novell.
photo_camera Xavier Novell.

Estas pasadas semanas ha vuelto a emerger el debate sobre el respeto a la vida privada de las personas. Se ha utilizado con profusión como argumento para que los medios de comunicación abandonaran un caso sobre el que se cernía una nube de insospechados y sospechosos silencios, el del obispo Novell.

Me parece interesante compartir una serie de reflexiones a vuela pluma, que se enmarcan más allá de la relación con lo jurídico. Campan quizá por lo ético. Está claro que si algún medio, con sus informaciones, ha traspasado la línea de lo legal, deben iniciarse los consiguientes procesos judiciales.

 La discusión no debe, en este sentido, afectar a los principios deontológicos establecidos, sino a su aplicación en el caso.

Lo primero que habría que plantearse es si un obispo es una personalidad pública, y si, una vez presentada la renuncia, deja de ser personalidad pública, porque deja de ejercer las funciones de obispo. Dado que lo que nunca dejará de ser es obispo. Que sepamos, el sacramento es indeleble.

Que un obispo es una personalidad pública es una obviedad. Para los creyentes y para la sociedad, y no solo porque es un líder también mass mediático. Que cuando deja de ser obispo, y según las circunstancias, deja de ser una personalidad pública, es discutible. Porque sigue acumulando sobre su persona el bagaje de su ministerio, es decir, de su actuación pública y sigue con su palabra, y con su vida, dando forma al mensaje público.

Otra cuestión es que se reduzca el círculo de su dimensión pública, en la media en que sus actuaciones se limitan a un ejercicio de actuación pública. Por cierto que una de las cuestiones que no se debe olvidar es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se predica y lo que se practica, lo que configura la vida y lo que hace que se desconfigure.

Decir que un personaje público deja de ser público cuando renuncia al ejercicio de sus funciones, que no solo le han hecho público, es decir, por ejemplo, que el rey emérito no interesa porque ha dejado de estar en sus funciones. Y lo que haga después ha dejado de tener repercusión pública.

El siguiente paso es distinguir la intimidad de la vida privada. La imagen de los círculos concéntricos. El círculo más externo delimita la vida pública, el intermedio encierra la vida privada, mientras el núcleo central ampara la intimidad. Los contornos entre estos círculos, cuyos radios son variables en función de numeroso factores como el cargo o la actividad de la persona, serían borrosos por la dificultad de señalar límites precisos entre ellos.

En este sentido, distinguiendo la intimidad de la vida privada, distinción clásica y fundamental, retomamos los siguientes criterios expuestos por el profesor González Gaitano:

“Sólo las personas físicas gozan de intimidad; las personas jurídicas, las instituciones, no. Poseen “vida privada” en sentido figurado, por extensión, como cuando un periodista habla de las “intimidades” de un partido político o de una empresa para connotar los entresijos de sus vértices decisorios, es decir de aquello que el público no conoce o conoce menos. La intimidad real, en sentido propio, reside en el núcleo de la persona, es el corazón de la personalidad.

La intimidad requiere el consentimiento para participar de ella sin que se destruya. Conocer y difundir la intimidad de una persona contra su voluntad comporta automáticamente su disolución, su destrucción. Solamente en la donación personal, que es siempre libre pues de otro modo no sería donación, por ejemplo en la amistad y en el amor, se pone en común sin pérdida ni disminución; es más, con enriquecimiento personal de quien con-participa de ella. La intimidad se edifica sobre la confianza y exige siempre el consentimiento del sujeto para hacerla partícipe a otro.

La vida privada, en cambio, puede ser conocida sin el consentimiento y sin destruirse. Los ámbitos de “privacidad” no sólo son más amplios que los de intimidad, además su control o dominio escapa inevitablemente en buena medida al sujeto”.

Todas las legislaciones han advertido, implícitamente al menos, el valor absoluto de la intimidad frente al más relativo de la vida privada.

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