Opinión

La política divide a la Iglesia

El Cardenal Cantalamessa.
photo_camera El Cardenal Cantalamessa.

Lo dijo el predicador de la Casa Pontifica el viernes santo. El cardenal Raniero Cantalamessa señaló en su homilía vaticana que “¡la fraternidad católica está herida!”. “¿Cuál es la causa más común de las divisiones entre los católicos?”, se preguntó. Sencillamente “es la opción política, cuando toma ventaja sobre la religiosa y eclesial y defiende una ideología, olvidando del todo el sentido y el deber de la obediencia en la Iglesia”.

Las ideologías dividen a la Iglesia. Hace tiempo que se hablaba del crepúsculo de las ideologías. Parecía que las ideologías habían pasado y que estábamos en el fin de la historia. Y sin embargo, las ideologías han mutado, han modificado su naturaleza y se encuentran más vivas que nunca.

Al fin y al cabo, el riesgo de la ideologización de la fe, de que la fe se convierta en una forma de conocimiento capaz de dar una respuesta unívoca a los problemas de la realidad, o en una forma política, es una tentación que ha estado presente en el cristianismo desde los orígenes.

En los primeros tiempos la amenaza fue el gnosticismo. Que era y suponía una especie de relativismo, con muy diversas manifestaciones. El gnosticismo también generó una dinámica política de luchas del poder a partir de una forma de conocimiento solo limitada a unos pocos.

Ahora la ideología es más peligrosa para la fe porque es más sutil. Con la ideología la Iglesia se mundaniza, se seculariza, pierde esa dimensión sobrenatural que hace que la ideología se asfixie en sí misma. ¿Por qué ya no se habla de la secularización dentro de la Iglesia?

El antídoto de la politización, por ideología, está en la doctrina y en la vida espiritual, en la narrativa de la Iglesia capaz de persuadir del sentido que asume plenamente y trasciende la realidad. Lo más peligroso es la permanente tentación de convertir la Iglesia en una organización humanitaria, modificando la causa de la salvación por una liberación meramente intramundana.  

Desde la modernidad se nos ha metido el virus de considerar que la autonomía de lo humano es capaz de arbitrar mecanismos de supervivencia y de control y gestión. La autonomía se ha convertido en providencia.

Toda vez que la Iglesia se olvide de la narrativa de sí misma, de la doctrina, que es formulación de propuesta dinámica de apertura a lo sobrenatural, y se enfrasque en ofrecer soluciones inmediatas a una realidad fragmentada, está bajo los efectos del mareo de la ideología en la historia.

El peligro de una Iglesia politizada no está solo en las bases, está en todos los estratos del cuerpo. Desde la jerarquía al pueblo de Dios. La sustitución de las afirmaciones de fe por las ideas y creencias políticas suponen siempre una trampa para la conciencia cristiana.

Fijémonos en los temas sobre los que se habla hoy en la Iglesia, sobre los que escriben los obispos, los sacerdotes, los teólogos. ¿Quién los marca? ¿Quién los propone? ¿A qué exigencias responden, a qué situaciones, sobre qué perspectivas? 

El cristiano vive en la historia y es un ser histórico. Pero su forma de actuar no depende del sesgo cognitivo de los modelos sociales sino de la experiencia del encuentro con Cristo en la Iglesia. Una experiencia que trasciende también el tiempo y la historia.

¡¡¡¡Feliz Pascua!!!!

                       

                                    

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