Opinión

La Plenaria “en pausa”

Asamblea Plenaria de los obispos de noviembre 2020.
photo_camera Asamblea Plenaria de los obispos.

Semana de Plenaria de los obispos. Bueno, de unos cuántos obispos porque sigue el sistema de la semi-presencialidad, algo que empieza a molestar y no solo a quienes han sido “invitados” a quedarse en casa.

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En la práctica se supone que la próxima, en noviembre, será ya presencial, entre otras razones porque la edad media va a hacer que los asistentes estén vacunados por esas fechas.

La sensación es que la Conferencia Episcopal está en “standby”, “en pausa”. La presidencia del cardenal Juan José Omella es muy eficaz en la agenda interna, en la intrahistoria, en la cocina, pero no lo parece tanto en el escenario. Y ahora lo importante es lo que se está cociendo. No es el momento de degustar los platos. ¿Por qué?

El cardenal Omella trabaja mirando hacia los lados, es decir, en un entorno complejo. No parece que tenga mucha ayuda de confianza. Vamos a ver, no es un hombre de rupturas, saltos en el vacío, revoluciones, gestos extemporáneos. Es más bien un corredor de fondo que sabe lo que quiere, cumple las indicaciones y juega al despiste haciendo que todos miren para un lado cuando ha puesto en el dedo en otra llaga. Y le encantan los cambios de última hora, también en el orden del día, las improvisaciones que no lo son tanto. Es un magnífico administrador de silencios, de lo que no se debe hablar, más vale un buen mutis. 

Salvando el caso de Sevilla, lo importante es el tráfico de nombres y los viajes Madrid-Roma, Roma-Madrid. Podrá decidir la Conferencia lo que quiera, podrá hacer un magnífico Plan de Pastoral, podrán apostar por remangarse y dejar el mundo de las ideas, salir de la caverna de Platón y bajar al grano. Al final, quienes lo ejecuten, tarde o temprano, serán otros. O los de siempre, vamos.

Después están los líos, que no son pocos, y crecen, en algunos caos sin medida, y se enquistan, y se contagian, y se expanden como un virus sin antivirus, sin vacuna. A veces da la impresión de que haya alguien empeñado en aplicar aquello de que en el reino de los ciegos, el tuerto es el rey, “y yo no quiero ser ciego sino tuerto”.

De entre los problemas, el económico no es menor. Pero no es el único y no es el que no tiene una solución a medio plazo con un magnífico gestor. El principal asunto lo ha dejado claro el Nuncio en Méjico en la Plenaria de aquel país. Se han marchado en torno a un treinta por ciento de los fieles que venían a las iglesias y hay que salir a por ellos para que vuelvan.

Por cierto, datos como el de que solo tres de diez jóvenes del País Vasco afirman creer en Dios deben dar que pensar. Y no solo a los obispos de aquella bendita tierra.

Si a eso le añadimos que, aunque no se quiera ver, aunque se quieran tender los puentes sobre la nada, el Gobierno sigue con su agenda, pues ya tenemos suficientes temas para que la Plenaria de los obispos salga del letargo de la historia, del bucle de sus demonios familiares y se ponga, de una vez, la vacuna.

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