Opinión

El Papa Francisco, don Giussani y los suyos

Monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, con san Juan Pablo II.
photo_camera Monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, con san Juan Pablo II.

Asistí hace unos días a la conferencia de clausura de la Jornada sobre el fundador de Comunión y Liberación, don Luigi Giussani (1922-2022) y los Papas de su vida. Organizada por la editorial Encuentro, estas Jornadas, que vienen siendo bianuales y que esperemos se publiquen pronto, ofrecen una perspectiva interesante no solo para entender esta realidad eclesial sino para comprender la historia reciente de nuestra Iglesia. 

Tengo para mí que de don Giussani no se ha escrito la biografía definitiva. Tenemos la magnífica de Savorana, pero es posible que haya que dar un paso más. Claro que ahora no estamos solo en el tiempo de don Giussani –todos los tiempos de Comunión y Liberación debieran ser los tiempos de don Giussani- sino en el tiempo del Movimiento, una vez que se han desarrollado una serie de acontecimientos recientes, que están en la mente de todos, y que, sin duda, deberán ser historiados en el futuro. Me refiero a lo que ha supuesto la Presidencia Internacional de Julián Carrón y lo que ha pasado después y está pasando.

Es de desear que en Comunión y Liberación, tan habituados a profundizar en la fenomenología del acontecimiento, en el papel de la realidad en el mundo vida, no caigan en la trampa de las disgregadoras hermenéuticas de aparente sentido en función del juego de los tiempos. Las constantes del carisma en la historia son siempre las partituras de una compleja interpretación.

Pero vayamos a la conferencia de la que hablé al principio. José Luis Restán, que no necesita presentación aquí, era el encargado de hablar de don Giussani y el Papa Francisco. Ante un auditorio exigente, tanto por lo que sabía de don Giussani como por lo que esperaba, imaginaba o sospecha que se iba a decir del pontificado actual –expectativas-, José Luis supo hacer como nadie lo que él hace habitualmente.

Aquello que, tengo que confesar, yo aprendo de él todas las semanas: trascender la epidermis de la historia, preguntar a los acontecimientos en sí e interpretarlos desde la más pura eclesialidad, con los parámetros de esa razón de ser de la Iglesia que están en su naturaleza y que son vividos sin disfunciones.

Sin falsas dialécticas, sin estereotipos, sin adscripciones fáciles, sin criterios de interés extemporáneo, sin filias, ni fobias, sin voluntarismos al uso, su análisis de los puntos de convergencia, de las ideas que se han fecundado mutuamente, propusio un horizonte de comprensión, tanto de lo específico del carisma de Comunión y Liberación, como de las incidencias del pontificado, que no es desdeñable. Sacó, se podría decir, lo mejor de cada uno de los nombres de los términos de la proposición del título de la conferencia. 

Me dio la impresión de que este parlamento era importante para la vida del conferenciante, pero también lo iba a ser para los asistentes, y supongo que para el Movimiento en España.

Les dejo aquí, como muestra, el pequeño y sobrecogedor arpegio final:

“He abordado la invitación recibida de los organizadores de estas jornadas como periodista atento a la vida de la Iglesia (y apasionado con ella), como hijo de Don Giussani y como hijo de la Iglesia que, por deseo del Señor, encuentra en Pedro y sus sucesores la roca última y sólida que le permite permanecer unida y fiel en medio de las tormentas de la historia.

Como periodista y comunicador, llevo 35 años afrontando a diario la tarea de entender, narrar y explicar la vida de la Iglesia y, dentro de ella, el camino de los sucesivos pontificados. Puedo afirmar sin ninguna duda que la pertenencia a la historia que el Espíritu ha suscitado a través de la persona de Don Giussani ha sido el alma de esa tarea a lo largo de los años. Es algo que siempre he sabido, pero ha sido sobre todo ahora, durante el pontificado de Francisco, cuando se me ha hecho más claro. Con frecuencia y por desgracia, la narración del pontificado en los medios se ha convertido en una auténtica lucha ideológica en la que cada trinchera reduce y caricaturiza los gestos y palabras del papa en la dirección que le conviene para sus intereses. Acoger al Papa entero, “aprender al Papa” (como dice el cardenal Scola), trabajar por entender la unidad de su magisterio, sus acentos y su estilo, confiar en él a través de todos los ruidos y las imágenes borrosas, es una tarea en la que me he sentido sostenido, alentado y aclarado por la vida (palabras incluidas) de Don Giussani, tal como la recibo en el presente dentro del gran río de CL. Como él mismo dijo en un momento difícil, “Pedro es el lugar de la última paz para todo fiel cristiano”. Yo lo tengo grabado a fuego. Y agradezco haber podido bucear en esta “amistad ideal” entre dos hombres tan distintos pero tan profundamente unidos”.

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