Opinión

Los nuevos mantras públicos

No es frecuente, en nuestra desgajada piel cultural, el diálogo entre el pensamiento creyente y el pensamiento laico, entre los epígonos de las leyes sociales del gobierno y los críticos de la ingeniería social, entre los cristianos que sostienen que no existe relación entre ley natural y Evangelio y quienes defienden que los actos humanos acarrean una responsabilidad que afecta al bien y al mal de las personas.

Esta semana se ha celebrado en los Cursos de verano de El Escorial un singular encuentro, dirigido por Pablo Hispan Iglesias de Ussel, y coordinado por Nacho Uría, en el que se han juntado en la misma mesa para hablar, discutir, intercambiar opiniones, políticos, periodistas y profesores universitarios. Juan Fernando López Aguilar, Eduardo Zaplana, Joan Juarista, José María Marco, Alfonso Pérez-Agote, Enric Juliana o Carlos García de Andoain fueron algunos de los intervinientes.

Algunos apuntes, a modo de mosaico, de lo debatido en el seminario: El diálogo que más está influyendo en el pensamiento contemporáneo sobre estas materias es s, sin duda, el diálogo Ratzinger-Habermas. Si hacemos una transposición de ese diálogo al momento presente de España, y al pasado inmediato, nos surgen algunas preguntas. ¿Es la esfera pública, en esta hora, un ámbito de franca deliberación racional y un espacio pacífico de acuerdo de libre coacción o es todo lo contrario, un espacio de confrontación permanente y de combustión social y política?

Hemos asistido, en España, a un proceso de secularización intensiva e inducida de la sociedad por parte de quienes consideraban que la secularización del Estado como principio de la democracia y de la Transición era un proceso interrumpido. La intensidad de la secularización de la sociedad, a través de leyes que afectaban a la concepción antropológica de la existencia, venía determinada no por una demanda social, sino por un proyecto de convertir España en la punta de lanza de las legislaciones secularizadoras. Este proceso no era sólo un proceso en la política, sino que partía de un proceso en el ámbito de lo político, porque innegablemente contenía una concepción antropológica subyacente.

La cuestión radica en que, en este proceso de secularización de la sociedad, la mens actora se topó con la Iglesia y el sujeto cristiano. Y mientras que en el mundo globalizado se seguía profundizando, por decirlo de alguna manera, en la intuición de John Rawls de que la constitución liberal misma no debe ignorar las contribuciones de los grupo religiosos que pueden hacer al proceso democrático dentro de la sociedad civil, en España, se construyó la figura del oponente por sistema identificado con la Iglesia.

Un oponente mitologizado con el mantra público de que la Iglesia representaba la antítesis de la modernidad y de que sus intervenciones en la esfera pública significaban un ejercicio de intromisión en el debate público. Incluso se negaba que la Iglesia estuviera preparada para intervenir en la esfera pública por su historia, por sus hábitos, por sus lastres mentales; a lo sumo se llegaba a considerar que una cierta Iglesia sí estaba preparada, y otra no.

Se nos ha querido hacer creer que el juego estaba entre Iglesia y políticas sociales. Y no. El juego estaba en definir al hombre, lo humano y poner límites a al construcción de un hombre nuevo, que ya es viejo.

José Francisco Serrano Oceja

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