Opinión

El nuevo embajador ante la Santa Sede

La embajada de la Plaza de España venía siendo el premio a una trayectoria diplomática acreditada o a los servicios especiales al Estado, o el lugar de las misiones imposibles e impasibles. En esta ocasión, la propuesta del placet se ha pedido para una persona que está en la madurez de su carrera, que se inició en el cuerpo en los destinos de rodaje, y que posteriormente ha pasado casi nueve años trabajando en silencio en una de las plantas nobles de la sede del PP. Este destino supone, por tanto, su vuelta al barro de los palacios y de las recepciones.

Persona de absoluta confianza de Jorge Moragas, de quien se dice se convertirá en el responsable de Exteriores en el día a día –obligada tarea por la agenda internacional de viajes del titular de la cartera-, el nuevo embajador ante la Santa Sede destaca por su discreción. Trabajador infatigable, sabe muy bien de las artes de las relaciones internacionales y, en este sentido, ya se apunta a una embajada que no mutará en una dirección general de Asuntos Eclesiásticos omnipresente, sino que volará más alto en la obligada alianza con la Santa Sede para los grandes temas de la política exterior española. Hay que agradecer a Rajoy que no haya caído en la tentación de utilizar esta noble plaza para obligados compromisos, algunos de ellos al fin rodeados de aguas no precisamente en calma.

Podemos imaginar que Cuba, la situación general en Iberoamérica, el mediterráneo, el Islam, la recuperación del prestigio internacional de España, las Agencias globales, son algunos de los objetivos del nuevo embajador. Para los asuntos internos, contará con el apoyo de los especialistas en la causa, principalmente con el Ministro del Interior, que como muy bien se escenificará en los próximos días en Roma, -incluida visita más que probable al secretario de Estado cardenal Bertone-, conoce como nadie los hilos que se manejan en los Palacios Apostólicos.

Rajoy ha huido de las poses oficiales de catolicismo confeso y catolicismo de tinte demócrata-cristiano. El nuevo embajador, que se declara católico sin complejos, representa la música del gobierno de técnicos que nos ocupa. Al menos, la diplomacia vaticana tendrá un interlocutor acreditado con el que se podrá trabajar en pos de la libertad religiosa en el mundo, de la defensa de la dignidad humana y de los derechos humanos, sin demagógicas ideologías de fondo y de forma.

José Francisco Serrano Oceja

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