Opinión

Aquella noche del 23F en la Asamblea Plenaria

23F. Golpe de Estado.
photo_camera 23F. Golpe de Estado.

He leído en síntesis periodística que Roberto Muñoz Bolaños, en su libro “El 23F y los otros golpes de Estado de la Transición” (Espasa, 2021), cuenta que, nada más empezar la reunión de la tarde del 23 de febrero de 1981, en la que estaban reunidos los obispo para elegir al sucesor del cardenal Tarancón, uno de ellos dijo que había que estar “atentos a la radio, pues es posible que se produzcan importantes acontecimientos”.

No sé el contexto de esta narración, ni si el autor de ese libro profundiza antes o después ofreciendo más datos. No tardaré mucho en leer ese libro.

Lo que faltaba ahora, en este tsunami revisionista de la Transición, es que aparezca algún obispo al lado de los elefantes blancos y negros de la trama del 23-F. Por cierto que sistemáticamente se afirma, y repite, que hubo obispos contrarios a la Constitución, que hubo obispos franquistas, que hubo obispos reacios al cambio político. Pero lo que no se hace es decir qué obispos había para todos los gustos. No creo que historiográficamente se haya evolucionado mucho en esta materia en los últimos años.

Lo que es innegable es que los obispos españoles, la Conferencia Episcopal, se adelantó, incluso históricamente, al proceso de reconciliación de España y de los españoles. Y por tanto colaboró como ninguna otra institución en el cambio no solo social, sino político, fruto de una adecuada digestión del Concilio Vaticano II.

Pero vayamos a aquella tarde y a aquella noche. Nos podemos imaginar la escena. Casa de ejercicios de Pinar de Chamartín. Un sitio incómodo, aislado y poco adecuado. Descanso de la tarde, siempre hay un descanso entre la primera parte de la sesión de la tarde y la segunda para tomar un café. Comienzan a llegar las primeras noticias. Que si un comando de ETA había entrado en el Congreso. Todo el mundo disparado hacia los transistores. Se comienza a despejar lo que está pasando. A duras penas se ha concluido la sesión de sondeo. Nadie informa de nada. Don Vicente Enrique y Tarancón no está y no se le localiza. Martín Patino ha desaparecido también. Cerca del lugar de la reunión hay un cuartel de la Marina, pero allí no se mueve nadie.

Pocos se atreven a marcharse a la cama. De entre los más jóvenes hay quien propone ir al centro de Madrid a ver qué pasa. Pero prefieren la habitual prudencia. La televisión ha congregado a no pocos. Solo cuando sale el Rey se despeja el horizonte. En ese momento don Antonio Montero, el obispo periodista, comienza a preparar, con Don Gabino, el primero de la votación de sondeo, el comunicado que se hará público al día siguiente. El segundo había sido don Elías Yanes; el tercero, don Marcelo. La clave de la noche, en la Asamblea Plenaria, la desinformación.

¿Quién era el arzobispo castrense? Don Emilio Benavente. ¿Sabía algo? ¿Había tenido alguna noticia? No se sabe. Si la tenía, no la compartió.

Recurramos a lo que dice mi admirado Juan Rubio en la biografía del cardenal Estepa: “A la pregunta: “¿Tiene usted algo que ver como vicario castrense?”, respondió llamando apresuradamente a su chófer, con un “vámonos, por si nuestra presencia fuera necesaria”. Al poco tiempo se supo que en la propia sede del arzobispado castrense se habían llevado a cabo reuniones de la revista del apostolado castrense reconquista, y con esa ocasión a veces se reunieron algunos de los miembros del grupo de reflexión “Almendros”, llamado así por su cercanía a la calle con ese nombre. En algunos procesos se habló de que él era conocedor del ruido de sables. Según algunas fuentes consultadas, -sigue escribiendo Juan Rubio- fue el mismo Alberto Oliart, entonces ministro de Defensa, el que le pidió que presentara la dimisión para evitar verse involucrado en los juicios posteriores a la intentona golpista. Se buscó una fórmula especial, pasando a la reserva. Benavente murió en Málaga en enero de 2008 con 93 años”.

¿Cuántos obispos, protagonistas de aquella noche de votaciones también episcopales, viven? Habrá que preguntarles, quizá.

                                   José Francisco Serrano Oceja

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