Opinión

Mauricio Wiesenthal y su derecho a disentir

Mauricio Wiesenthal.
photo_camera Mauricio Wiesenthal.

Hacía tempo que no leía un manifiesto humanista, y cristiano, tan reconfortante como “El derecho a disentir” de Mauricio Wiesenthal. Confieso que hace un verano cogí su “Hispanibundia” entre manos y no sé por qué razón se me escapó.

Ahora me he metido a fondo con este manifiesto humanista, y cristiano, que me ha dejado un magnífico sabor de boca.

“Soy cristiano y escribo en los términos de mi fe, aunque comprendo que la solidaridad puede ejercerse también muy generosamente con un criterio social o laico. Entre las descomunales soberbias de mi tiempo, no entiendo por qué se considera hoy más inteligente y justa la solidaridad que viene de la razón que el amor que procede del corazón y de la fe”, leo.

No hay en el panorama cultural español demasiados ejemplos de escritores, ensayistas, literatos, pensadores, que se confiesen abiertamente católicos. Y que lo hagan sin las estridencias de una bandera en el pecho como provocación. Con experiencia y desde la experiencia. Vamos, que no toca de oídas.

“Hice el servicio militar destinado en la farmacia de un hospital, y aprendí muchas lecciones de las hermanas de la caridad, en so días y en las noches que trabajábamos bajo la amenaza de un brote de meningitis o cunado Nexus caras pálidas y asustadas se dibujaba el fracaso y la pena de no poder salvar a un enfermo que entraba en agonía. “¡Dios me perdone –me dijo una de ellas, llorando-, pero me siento indigna del hábito que llevo cada vez que un muchacho me llama “madre” y no sé darle la vida!”.

Por eso es reconfortante toparse con un autor que, sin mojigaterías al uso, de forma natural, haga una confesión de fe como pasión de vida, sin dicotomías, sin dialécticas, sin clericalismos tan en boga. Sin utilizar ese lenguaje ponzoñoso de uso tan frecuente en determinados mundos de guitarra y pandereta.

A Mauricio Wiesenthal el cristianismo se le escapa por las manos de una coherencia que es un canto a lo esencial. “Si sumamos a todo esto mi condición de católico (católico español, para escándalo de algunos), es normal que, entre radicales y fanáticos, ocurra este malentendido. Por lo demás no me gustaría dejar de ser todas las cosas que soy: un judío sin violín, un alemán exiliado, un humanista europeo y un español que vio ponerse el sol no sólo en el Finisterre de su patria, sino también de su época”.

¿De qué habla su derecho a disentir? Del placer que es la vida y que da la vida. Habla de todo lo bueno, de lo que merece la pena, de lo que es digno de toda consideración y de lo que debemos preservar como legado a nuestros hijos.

Habla de lo que nos pasa y da razones, siempre certeras, de las causas y de las consecuencias, instalado desde la atalaya de lo permanente y no atrapado en lo efímero.

“Me resulta escandaloso que hoy se suprima la enseñanza de la religión en algunas naciones, si tenemos en cuenta que el estudio del pensamiento humanista es la única disciplina pedagógica que puede darnos un sentido crítico sobre el fanatismo que envanece y enardece a muchas ideologías modernas y, muy especialmente, a las que se revisten de una pretensión dogmática o científica”. 

Es posible que nuestro autor sea crítico con la modernidad y con la modernidad post que estamos construyendo. Pero lo que es con razones y por determinadas razones.

Escribe como los ángeles, si es que alcanzamos a imaginar cómo escribirían los ángeles. Y piensa como los sabios con destellos de sublimes imágenes mentales. “Tan pronto como Fra Angélico vio esta hora, imaginó a la Virgen y, arrebatado por la belleza de su rostro, pintó una Anunciación, habiendo podido pintar un cielo”.

Lean a Mauricio Wiesenthal.

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