Opinión

¿Lobbies en la Iglesia en España?

Asistentes a la eucaristía de la Inmaculada Concepción en la Catedral de la Almudena, a 8 de diciembre de 2021, en Madrid, (España).
photo_camera Asistentes a la eucaristía de la Inmaculada Concepción en la Catedral de la Almudena, a 8 de diciembre de 2021, en Madrid, (España).

Según el Diccionario de nuestra lengua, lobby es un grupo de presión. También es vestíbulo, es decir, antesala. En la política de las relaciones internacionales y comerciales, los lobbies funcionan con demasiada normalidad en la medida en que responden a intereses de grupo, parte, y no al bien común.

Habitualmente tenemos una percepción negativa del papel de los lobbies, grupos que diseñan estrategias para conseguir los fines que defienden o para los que trabajan. Los lobbies suelen funcionar en los organismos internacionales que están basados en políticas burocráticas. Los Estados nacionales se han preocupado por el papel de los lobbies e intentan regularlos.

¿Existen lobbies en la Iglesia? ¿En España? ¿Actúan como grupos de presión?¿Qué ocurre cuando en la Iglesia, por ejemplo, en un país, es más relevante el trabajo de los lobbies que el de la propia institución a través de sus jerarquías? ¿Qué pasa si incluso la institución cae en manos de lobbies, de grupos de poder con interés particulares?

Son preguntas que, de una u otra forma, aparecieron en la mesa de una conversación cercana. La Iglesia, por su propia naturaleza, es lo contrario a un lobby. La sola relación entre Iglesia y lobby produce, a una conciencia recta, un profundo rechazo. Entre otras razones porque la dimensión institucional de la Iglesia debe estar al servicio del Evangelio, que es lo contrario a un manual de intereses y poderes particulares ocultos.

A lo largo de los siglos se ha configurado un rostro institucional de la Iglesia en el que la tentación del poder, o de los poderes, puede ser una constante. En la comunidad eclesial, como en toda realidad humana, existen grupos de afines, de amigos, personas con intereses comunes, legítimos unos, no tan legítimos otros.

Pero la propia naturaleza jerárquica y sacramental de la Iglesia, incluso si me apuran la arquitectura canónica, ha hecho imposible que existan lobbies, que se consoliden, que cristalicen y que alcancen el poder sustituyendo las funciones institucionales.

Eso no quiere decir que ante determinados acontecimientos, en circunstancias especiales, no haya personas, grupos de personas, grupos de obispos, grupos de religiosos, de laicos, o todos ellos juntos, que hayan establecido una estrategia común para conseguir determinado fin.

En la vida civil se habla mucho del lobby gay. La verdad es que no sé si existe. Imaginemos que se diera en la Iglesia y que utilizara las mismas formas que en la vida civil para conseguir sus fines.

Para el nombramiento de obispos, por elegir una cuestión en la que está implícito el uso del poder, en términos no eclesiales, ha habido siempre cordadas, amistades, relaciones, grupos. Todos podríamos citar nombres de sacerdotes que, si no hubiera sido por relaciones, dependencias, no hubieran llegado nunca a una sede.

Y, al revés, no es difícil imaginar nombres de personas que serían magníficos obispos en la Católica y no lo son por la larga mano de determinadas personas o grupos.

Pero de ahí a aceptar normal la dinámica de “lobbismo” en la Iglesia en lo referido, por ejemplo, al nombramiento o cese de determinados obispos, a campañas de prestigio o desprestigio, a propuestas que modifican el orden doctrinal, hay un gran trecho.

Si se asentara la práctica del lobbismo en la Iglesia católica, en la Iglesia del Evangelio, apostólica, estaríamos ante un síntoma evidente de la necesidad de una profunda reforma en la cabeza y en los miembros.

Habrá que estar atentos a la aparición y consolidación de lobbies en nuestra Iglesia en España.  

                                               José Francisco Serrano Oceja

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