Opinión

La lección magistral de Rémi Brague

Rémi Brague
photo_camera Rémi Brague

Rémi Brague es uno de los intelectuales católicos más destacados del momento actual. Premio Ratzinger por su extensa y profunda obra, aparece ahora como el pensador de referencia de la iniciativa europea en defensa de la vida que pilota Jaime Mayor Oreja.

En el reciente encuentro de Valencia de esa nueva plataforma, -que demuestra, entre otras cosas, que el cardenal Cañizares está siempre atento a apoyar las buenas iniciativas-, Brague tuvo una intervención muy destacada en la que demostró un nivel nada frecuente de análisis de la situación cultural de Europa. Una lección magistral en toda regla.  

Después de hacer un recorrido por la historia cultural de Occidente respecto a la comprensión cristiana de la naturaleza humana, Remi Brague profundizó en la perspectiva cristiana a la hora de abordar la naturaleza de lo humano.

Planteó el hecho de que, aunque algunos no lo acepten, los cristianos, preocupados por el hombre, por todo hombre, por la integridad de lo humano, somos humanistas, ¿los últimos humanistas?

Pero, ¿qué sentido le damos a ese humanismo? “Nosotros –señaló el filósofo francés-, defendemos la dignidad del hombre, de todo hombre, con una preferencia bien segura por los que  tienen la necesidad más urgente de que se preocupen por ellos. Entre ellos, los que la situación ha hecho que no puedan simplemente defenderse”.

¿Cómo es nuestra defensa de la dignidad humana? Responde Brague: “Esta dignidad, nosotros la defendemos en medio de argumentos puramente racionales sobre la toma en consideración de datos antropológicos fundamentales que definen la naturaleza humana. (…) Nuestros adversarios apelan a nociones más vagas, rodeadas de una suerte de aura que les proporciona una dimensión sacra, multiplicando su atractivo. De este modo todo pasa como si los cristianos estuvieran entre los últimos representantes de la razón. Otros, felizmente, deben defenderla en particular con un bajo nivel de lo afectivo, lo cual enmascara además, muy a menudo, intereses económicos completamente sórdidos. Somos quizá, aunque se nos acuse de creer y actuar por motivos irracionales, el último compartimento del racionalismo”.

¿Y por qué? Porque, según el autor de “La modernidad”, “nosotros vemos lo humano donde los otros  no lo ven. Seleccionamos con más amplitud que los otros. Vemos en el hombre una persona, y no un consumidor, un contribuyente, un elector, carne de cañón. Es claro que también somos todo esto: seres de necesidad, que tienen el deber de tomar sobre ellos la carga de la colectividad por su dinero, su voto, eventualmente arriesgando su vida. Pero allí donde un economista no verá  más que un elector que debe conquistar; allí donde el militar no verá más que un soldado que se enrolará, nosotros vemos también esta cosa, difícil de definir, pero infinitamente preciosa que es una persona libre”.


 
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