Opinión

Jorge Trías, cartografía de un corazón inquieto

Jorge Trías. Fuentes: Redes Sociales.
photo_camera Jorge Trías. Fuentes: Redes Sociales.

Me llegó la noticia cuando estaba en la iglesia de los jesuitas de Santander en acción de gracias. Me entró sin pedir permiso en el washap gracias a los buenos oficios periodísticos de nuestro amigo común Juan González Bedoya, a quien no se le escapa una incluso desde Tollo, o desde Tudes, no sé. Jorge Trías Sagnier había fallecido. La primera reacción fue pedir al Dios amor que le hubiera acogido en su seno.

Es posible que los lectores sepan mucho, y no siempre de forma adecuada, sobre la personalidad de quien fue protagonista de no pocas páginas de periódico en los últimos años de la política española. Voy a desvelar algunas dimensiones quizá desconocidas de su vida en lo relacionado con su fe y con la Iglesia.

Sentado frente a la imagen de san Ignacio recordé los Ejercicios Espirituales que hicimos, junto a un grupo de miembros de la Asociación Católica de Propagandistas –de la que fue miembro inscrito-, en Loyola, durante el mes de septiembre de 2005.

Gracias a los buenos oficios de Antonio Urzáiz he podido recuperar las fotos de esa tanda que, por cierto, predicó un aguerrido entonces sacerdote vasco, José Ignacio Munilla. Tengo que decir que un magnífico director de Ejercicios. Aún recuerdo algunas de sus historias de las meditaciones.  

No sé por qué ahora me viene a la memoria mi admirado P. Juan José Rodríguez Ponce, de la Compañía de Jesús, con quien Jorge mantuvo una estrecha amistad. Por cierto, que su funeral lo presidió otro conocido jesuita, éste catalán, José Ignacio González Faus.

Su repentino fallecimiento, después de los efectos duraderos de un incalificable Covid, ha dejado noqueados a sus más cercanos. Que no son tan pocos como pretendieron quienes sobre él dictaron, desde la política, una injusta damnatio memoriae. 

Esto no quiere decir que Jorge hubiera acertado siempre en la vida. Quizá le pesaba mucho su conciencia en tiempos en los que, en determinados ámbitos, sabían conjugar sin demasiados escrúpulos la palabra política con la de la corrupción.

A mí no me toca recordar lo que ya contó en sus memorias. Ni tampoco entregarme a los panegíricos interesados de quienes también se aprovecharon de lo que hizo, hacía y decía últimamente. Traigo aquí esta agradecida memoria por lo que Jorge hizo en los ámbitos eclesiales.

Recuerdo, por ejemplo, que en su época de miembro del consejo de administración de Prensa Española trabajó por asentar los vínculos entre “Alfa y Omega” y ABC, en particular con las hermanas Luca de Tena. Aún recuerdo la visita que hizo con Catalina a la redacción de aquel “Alfa y Omega” primigenio y de esencias.

De sus tiempos de intensa presencia en el ABC, con directores nada fáciles, por cierto, destacaría las semanas que pasamos en Roma, él como columnista de apoyo en el Cónclave que eligió a Benedicto XVI y yo como enviado especial de “Alfa y Omega”. Entre sus papeles estará un diario que escribió con las intensas jornadas de pasillos y encuentros vaticanos. 

En esa época, su corazón inquieto, al modo de san Agustín, no le permitía más calma que la del culto y la cultura. Fue un gran lector, también de teología. No hace mucho le envié las referencias de las grandes obras de Danielou y de Gilson que le faltaban de su biblioteca. Su pasión por la trascendencia no se circunscribía solo a la confesión católica. Su conocimiento del mundo judío era más que notable.

Después llegó su Getsemaní, el caso Bárcenas, por llamarlo de alguna forma. Ahí intensificó una vida espiritual que incluso en los momentos más aparentes de “vinos y rosas”, de glamour –siempre fue un acreditado don Juan-, nunca dejó a un lado. Y ahí también vivió el martirio de la amistad. La amistad, ese aliento esencial de la vida.

Nos lega, como parte de la herencia que completa la memoria y el recuerdo, un poemario último –otra de sus grandes pasiones- dedicado a Dios, la eternidad, el alma, el Dios amor, el Dios apofático, el Dios revelado. Texto que esperamos pronto poder leer en cuidada edición.

Cuando llevaba un rato rezando cabe ese neogótico iluminado de la iglesia jesuita de Santander, a un mensaje mío, recibí una contestación consoladora de Georgina, la hija diputada de VOX de Jorge, que le había acompañado en los últimos momentos.

Con Jorge estuvo presente la palabra, el verbo cálido que enamora, el aleteo del Verbo de Dios que puso su tienda entre nosotros, la oración.

Descansa en paz, amigo Jorge, y un fuerte abrazo desde la bahía que tanto disfrutaste y en la que tan poco pescamos.

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