Opinión

Inteligencia y religión en España (1990-2020)

Inteligencia y religión en España (1990-2020).
photo_camera Inteligencia y religión en España (1990-2020).
Pese a los virus ya familiares, los confinamientos y el pan nuestro de paracetamol e ibuprofeno de cada día, he podido sacar algo de tiempo para las librescas asignaturas pendientes de los últimos tiempos.

Una de ellas ha sido el libro del profesor Carlos Eymar, “Inteligencia y religión en España (1990-2020). 17 diálogos cérvidos”, por eso de que se recopilan ahí las largas entrevistas que Eymar hizo a una veintena de intelectuales españoles en la Revista cultural “El Ciervo”.

Está claro que la elección de los entrevistados tiene un sesgo, la revista en la que se publican. La extensa introducción incluida a la historia de “El Ciervo”, y en cierta medida, de la historia cultural de España en la relación con la fe, con la creencia, con el cristianismo, es muy clarificadora.

Se podría decir que un tema recurrente es la génesis del pensamiento cristiano de izquierdas en el contexto de la evolución y el cambio social y cultural de España.

De la lectura del libro de cuatrocientas páginas, con letra de pie de página, me quedo con algunas ideas que comparto. La primera de ellas es la fascinación que determinados sectores de Iglesia, hoy emergentes, han sentido, y sienten, por el pensamiento que se deriva de Marx, es decir, por la izquierda.

La génesis de esta fascinación quizá nazca de lo que en su día escribió Alasdair MacIntyre: “Los cristianos están demasiado predispuestos a olvidar que el marxismo es la única doctrina sistemática en el mundo moderno que ha sido capaz de traducir en un grado significativo las esperanzas que los hombres antes expresaban en términos religiosos”.

Lo que había que preguntarse es qué queda de esa fascinación eclesial por esa esperanza no religiosa, cómo ha mutado, cómo se está reformulando incluso políticamente, si se ha hecho algún tipo de autocrítica en el sentido de cuál ha sido su fecundidad y cómo se está reconfigurando ahora. 

Cuando a determinados eclesiásticos, y no eclesiásticos, españoles se les nota la cara de satisfacción a la hora del convivium entre cristianos, socialistas, podemitas, y demás parentela yolandista, habría que plantearse si lo que cojea es un lado u otro de la mesa.

Cuenta Adela Cortina que una vez que llegó a Alemania, conoció allí al jesuita, profesor e intelectual, Bruno Puntel, experto en Hegel y le dijo que a ella y a su marido lo que les interesaba era la ética marxista. “Él –escribe la filósofa española- comentó con cierto desprecio: ¡Ah!, ya comprendo, ustedes vienen de España”.

Por cierto que Adela Cortina, de quien tengo una magnífica impresión, no solo por sus textos académicos sino por lo que de ella, y de su marido, me contaba mi recordado Teófilo González Vila, afirma, a propósito de los creyentes que son relegados por sus creencias, que “yo lo he vivido en la Universidad y fuera de ella. La fe religiosa no está de moda, la creencia religiosa se considera como una opción anti-ilustrada y supersticiosa. Yo he sentido más el desprecio por ser creyente que por ser mujer. Por ser mujer no he tenido ningún problema, pero sí por ser creyente”.

Carlos Díaz, que no tiene pelos en la lengua y dice verdades como catedrales, señala en un momento que “estamos donde estamos porque os que eran maestros ya no lo son, porque los que eran cristianos no lo son y porque lo que era ya no es”. Por cierto, también añade algo que me apunto: “Yo no soy un profeta, pero voy a donde haga falta con los profetas”. 

Post-data: de la entrevista a don Olegario González de Cardedal, me quedo con la siguiente afirmación: “La Iglesia tiene que vivir el diálogo y la apertura, pero no puede pensar, vivir y actuar a remolque de la política, de la cultura o los medios de comunicación, porque lógicamente, en una sociedad secular esos poderes tienen su lógica diferente y específica. La Iglesia tiene que mantener una tensión con la realidad histórica y entrar con ella en una relación no digo de enfrentamiento, sino de confrontación, de oferta de lo propio y discernimiento de lo ajeno, de diálogo y colaboración, de testimonio y de misión”.

De la de mi admirado Javier Gomá prefiero no rescatar nada. No fue su mejor día.

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