Opinión

La geopolítica de Francisco

Apasionante y apasionado viaje del Papa Francisco a su “Patria grande” de America Latina, la otra España que diría José Martí. Complejo y completo a la vez, por la proliferación de mensajes, por la riqueza de la carga simbólica y por su valor en la geoestrategia papal.

Así como Juan Pablo II tuvo un protagonismo destacado en la historia de Europa, en particular, en la caída del muro de Berlín, el papa Francisco ha iniciado un proceso de recomposición del nuevo orden latinoamericano, que es el orden de un continente de la esperanza. Es su apuesta; es el futuro.

Las categorías, incluso teológicas, que utiliza el Papa Francisco, tienen, en la perspectiva de su pensamiento, y de su magisterio, y de la tradición doctrinal Americana, un valor que no siempre se percibe en justicia en nuestra Europa y en nuestra España. Ocurre, por ejemplo, con el concepto de “Pueblo” y de “Pueblo de Dios”. Un concepto, desde el que se establece la dinámica del protagonismo de la historia –centralidad del discurso a los Movimientos Populares en Santa Cruz de la Sierra-, que hay que entender desde la teología del pueblo argentina, que en no menor medida se desarrolló en contraposición a la teología del Pueblo que propugnaban los liberacionistas.

Una de la claves más relevantes de esta primera inmersión latinoamericana está en le peso de la geopolítica americana en el pensamiento del Papa según la doctrina de su amigo Methol Ferré. Recordemos que este filósofo uruguayo desplegó su teoría geopolítica en el periodo en el que trabajó en el Consejo Episcopal Latinoamericano, entre 1975 y 1992, donde fue miembro destacado del equipo de Reflexión Teológico Pastoral; asesor de la Secretaría General y secretario del Departamento de Laicos.

La geopolítica, para él, tenía la capacidad de integrar la doble dimensión espacial y temporal en la comprensión de una realidad; y la comprensión en profundidad de América Latina era una condición necesaria para elaborar orientaciones pastorales para lo católico.

La acción teológico-pastoral de Methol, cuyo epicentro fue la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla (1979), junto con otros expertos latinoamericanos como Lucio Gera, Gerardo Farrell, Pedro Morandé, Joaquín Alliende o Luis Meyer, ha sido calificada como una teología de la cultura. Su geopolítica fue, por tanto, una geopolítica de la cultura.

Su geopolítica se centraba en que la nación era América Latina. Suponía la necesidad de superar la condición de “Estados parroquiales”. Quería retomar el espacio primordial de la continentalización latinoamericana.

Aunque reconocía la capitalidad cultural mexicana en el caso del mundo hispanoamericano, y sin desconocer por supuesto la enorme importancia geopolítica de México, así como la de los países centroamericanos y del Caribe, consideró que el camino real de la integración, aquel que permitiría superar la etapa retórica, era el de la Cuenca del Plata -Brasil-Argentina en primer lugar- y luego el de Sudamérica.

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