Opinión

Escolapios santos de ayer y de hoy

San José de Calasanz.
photo_camera San José de Calasanz.

Este domingo pasado, un domingo que no parecía climáticamente de los de Santander de toda la vida del mes de julio, volví a la capilla de mi colegio. El colegio de los PP. Escolapios de la calle Canalejas. Lugar en el que recibí mi primera comunión, oportunidad añadida para pensar y rezar y dar gracias a Dios.

Y no lo hice por un motivo ciertamente de júbilo, más bien de tristeza. El bueno de Almagro me había enviado la víspera un mensaje cuyo contenido era la esquela del P. Isaac García. Que como todo buen religioso, para sus alumnos, tenía un mote cariñoso que no voy a reproducir.

Siempre que me llamaba el P. García, recordaba que a los Escolapios de Santander se les habían escapado Almagro y Serrano. Ficcionaba bastante, creo, sobre nuestra piedad. Providencialmente, el domingo estábamos Almagro y Serrano para despedir al P. García. 

Cuando la víspera, en la tradicional cena familiar de la Virgen del Carmen, comenté la noticia, se abrió el melón, nada infrecuente, del capítulo Escolapios, es decir, el colegio de la familia. Mi abuelo inauguró como alumno el colegio, luego fueron mi padre y mi tío, después mis hermanos, mis primos, sus hijos, incluso uno de mis hijos.

Es la marca indeleble que puede dejar un colegio en la educación de una familia. También en lo religioso.

A las anécdotas habituales, se le sumó un peliagudo tema de conversación que no recuerdo hubiera salido en ocasiones anteriores. Imagínense cuál. Colegio de religiosos, generaciones de alumnos, la agenda mediática. Un hermano pelín volteriano y blanco y en botella, la pederastia.

¿Recordáis a algún cura pederasta, algún caso de abusos del colegio?  Le dimos un buen repaso a la historia. Mi padre fue el único que comentó que tenía vaga idea de que en su época hubo un religioso que desapareció del Colegio en medio del curso, del que se decía que había sido por ese motivo. Hablamos de mediados los cuarenta del siglo pasado.

Cuando he tenido acceso a las listas de supuestos religiosos abusadores, de esas que se han elaborado en los últimos tiempos, siempre iba a ver si salía mi colegio. Hasta el presente el resultado es negativo. Por desgracia no ocurre así con otros colegios de la ciudad.  

La conversación derivó entonces hacia los escolapios santos que todos conocimos, que los hubo, que los tuvimos. Curiosamente el que más recordaba religiosos con fama de santidad fue, de nuevo, mi padre.

Todo esto bullía en mi mente durante el funeral del P. Isaac. Además, estaba a pocos metros del confesionario de la capilla. Veía, incluso oía, al P. Fabián, uno de la lista de los escolapios santos, mientras cincelaba mi alma. Un escolapio, ya mayor, que se pasaba el día en el confesionario.  

 Por cierto que, del P. Isaac de cuerpo presente, el celebrante, que se presentó como el Vicario Provincial, dijo que fue un escolapio que se caracterizó por su devoción. Recuerdo cuando el P. Isaac me hablaba de los grupos de oración del P. Larrañaga, a los que perteneció durante mucho tiempo.

De lo acontecido, dos conclusiones. La primera. el tema de la pederastia, de una forma u otra, ha calado en la sociedad. Está presente en las conversaciones. Qué más síntoma queremos.

Y segunda, habría que empezar a hacer homenajes a los religiosos educadores con fama de santidad que hemos conocido, incluso como forma de agradecimiento. El día del escolapio.

¿Por qué no pensar en reconocer la vida, la incasable labor, la generosidad hasta la extenuación, de tantos religiosos dedicados a la educación? ¿No sería un acto de justicia? ¿Por qué no hablar de ellos, del bien que hicieron a generaciones de personas, incluso a familias enteras? Religiosos, escolapios en el caso que nos ocupa, que, como dijo san José de Calasanz, descansaron el día de su muerte.

Por cierto, san José de Calasanz, vaya historia la suya, cómo terminó, cómo supo lo que significaba la persecución de quienes quisieron utilizar su obra no para fines santos, por cierto.

No se trata, lo que propongo, de una campaña de reputación de marca. Simplemente poner en valor la verdad de tantas vidas.

Así terminó el funeral del. P Isaac García, escolapio. Quien, por cierto, intentó enseñarme algo de historia de España. No sé si con mucho éxito, la verdad.

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