Opinión

Es posible vivir sin mentiras

La verdad.
photo_camera La verdad.

Uno de los síntomas más evidentes de la degradación en estos tiempos, personal, institucional, cultural, civilizatoria, es la mentira. Espero no tener que escribir también, eclesial.

Si J. F. Revel sostuvo hace mucho tiempo que la mentira gobernaba el mundo, y determinada corriente –con la que no estoy del todo de acuerdo- de renovación de la vida cristiana, la representada por Rod Dreher, por ejemplo, insiste en que vivimos un tiempo en el que peligra la verdad, y por ende la libertad, habría que volver a insistir en que Cristo vino al mundo como testigo de la verdad de Dios, del hombre, de la historia.

Cristo, la verdad, testigo y testimonio de la verdad, ¡Qué gran tema!

Que la verdad cotice a la baja, por ejemplo, en la Iglesia significa que priman las estrategias humanas de una nueva Iglesia a la media de quienes se convierten en el centro, autorreferencial, de quienes quieren hacer de la Iglesia una burocracia burguesa, tranquilizadora de la conciencias, servidora del Estado en el asistencialismo social y mantenedora de unos sacramentos que se convierten en happenings antropológicos. Vamos, buen rollito.

Una Iglesia sin verdad es una Iglesia en la que no cabe el martirio. “Guárdate de mentir y de añadir mentiras a mentiras, por que esto no acaba bien” dice el libro del Eclesiástico.

Como señala mi admirado P. Royo Marín, al que recurro con frecuencia para tener en forma la cabeza moral, la mentira “perturba el orden social y la pacífica convivencia entre los hombres. Sin la mutua confianza, fundada en la verdad, no es posible la sociedad humana”.

Necesitamos un nuevo san Agustín, campeón de la verdad, que escriba de nuevo fustigando contra la mentira obras como “De mendacio”, “Contra mendacium” y algunos de sus más famosos sermones.

Si algo nos ha enseñado la historia reciente del mundo es que el desprecio a la verdad implica un desprecio a la dignidad de la persona. Cuando las maquinarias burocráticas están destinadas a fabricar la verdad oficial, y no hay más verdad que la verdad oficial del relato que se presenta como “verdadero”, quiebra el pacto de confianza básica sobre el que articular cualquier relación humana.

Soy consciente de que las maquinarias creadoras de verdad oficial miman a los medios de comunicación, que son los instrumentos a través de los cuales se socializa la mentira. A los medios y a los mediadores.

Ya no estamos solo en la época de los sofistas, que jugaban con enfrentar la verosimilitud con la verdad. Estamos en un momento de la historia en que los sofistas han conseguido alcanzar la cima del poder y se han instalado en su sede.

Ya lo decía Solzhenitsyn: “Una palabra de verdad pesa más que el mundo entero”.

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