Opinión

Una entrevista clave al Arzobispo de Tánger

Uno de los permanentes motivos de “discrepancias” entre la política de la derecha, el partido de la política de la derecha, el gobierno del partido de la política de la derecha y la Iglesia es lo referido a la inmigración. 

Una de las personas que más marcan la agenda temática en la Iglesia en España sobre esta materia es el arzobispo de Tánger, monseñor Santiago Agrelo Martínez, gallego de pro. Hace unos días pronunció una interesante conferencia en el Colegio de los Franciscanos de A Coruña, titulada “Iglesia: una buen anoticia para los pobres”.

El periódico “La Voz de Galicia” entrevistó al arzobispote Tánger, quien hizo unas declaraciones que no deben pasar inadvertidas.

La entrevista está firmada por el periodista Alfonso Andrade.  Y el titular, elocuente: “La verdad, me siento más respetado en Marruecos que en la península”. El contexto del titular es el siguiente: “Y la verdad, me siento más respetado en Marruecos que en la Península. Andar con el hábito aquí empieza a ser llamativo, y en Tánger me saludan personas que ni conozco”.

En la entrevista se le pregunta si “cree que existe una simplificación en nuestra sociedad que equipara musulmán a terrorista”. He aquí la respuesta: “Así es, y es lamentable. He protestado -y no me importa decir esto aunque sea para publicar- por programas de alguna cadena de la Iglesia manifiestamente antimusulmanes, islamófobos de principio a fin. Y eso no es aceptable”.

Uno de los temas que se abordan es el de las recientes detenciones yihadistas en Cataluña, a lo que monseñor Agrelo responde: “El yihadismo es un peligro, sobre todo para el mundo musulmán porque ofrece una idea destructiva del Islam, y no es así. Pero hay cosas de esas detenciones que me desconciertan. En política está todo como está y no me fío. Temo la manipulación, que se fomenten miedos sociales que no deberían existir”.

El periodista le pregunta que si cambiaría algo en Ceuta y Melilla si los políticos se acercasen a ver el salto de las vallas. Esta fue su respuesta: “Más bien, a ver campamentos como los del Gurugú. Lo natural es preguntar a los emigrantes por qué vienen. Si no hablamos con ellos... He visto jóvenes aterrorizados, acurrucados en el suelo y sin voz por sufrimientos que no son capaces ni de describir. Este es un problema humanitario. Impermeabilizar las fronteras no es una solución”.

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