Opinión

Don Luis, no nos deje en evidencia

Diálogo entre el filósofo Massimo Borghesi y el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello.
photo_camera Diálogo entre el filósofo Massimo Borghesi y el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello.

Cada día que pasa, cada semana que llega, cada mes que se suma al calendario, voy descubriendo que la Iglesia, como diría Henri de Lubac, con i latina, de lo que de verdad nos habla es de Cristo. Y así es apasionante por la capacidad de ofrecernos sorpresas.

 “¿Qué sabríamos de Él, si no fuera por ella?”. “Nadie puede amar a Cristo, si no está dispuesto a amar a la Iglesia. Nadie puede amar a la Iglesia, si no está dispuesto a sufrir por la Iglesia. Nadie puede sufrir por la Iglesia, si no está dispuesto a sufrir a la Iglesia”, escribió el teólogo, y me recordó por correo mi querido Rafael, lector fiel de estas letras.

Una de las preguntas más recurrentes, para el observador eclesial, es la de los liderazgos. ¿Cómo son, cómo se ejercen, quién los ejerce, en la Iglesia en España hoy, en el mundo? Salvando al Papa, líder indiscutible, ya no estamos en épocas de liderazgos fuertes, quizá porque ya no sobreabundan personalidades fuertes.

La institución, en términos weberianos, configura quizá más que el carisma, y protege y ampara. En un mundo en el que la tendencia es bajar el nivel en todo, -no voy a decir en un mundo de mediocracia-, es difícil encontrar personalidades que atraigan.

En mi radar semanal de liderazgos y personalidades, esta semana ha saltado la alarma. Y lo ha hecho estrepitosamente. Me advirtió un amigo de la necesidad de ver el vídeo de la presentación del libro de M. Borghesi, que está colgado en la página web de la Fundación Pablo VI. 

Lo que tenía que ver de este vídeo, en el que en primera fila estaban sentadas destacadas personalidades de la Iglesia, era, sobre todo, la intervención de monseñor Luis Argüello, obispo secretario general de la Conferencia Episcopal Española.

Les aseguro que cuando pude dedicar una hora, entendí mucho de lo que está pasando ahora en nuestra Iglesia.

No es que yo sienta por don Luis una atracción especial. Es que no recuerdo intervención suya que no me haya aportado algo, me haya suscitado una reflexión, una inquietud de búsqueda, de profundización, de fascinación, de contraste, incluso.

En el caso que nos ocupa, no se trata solo de la lectura que hace el obispo auxiliar de Valladolid de un libro discutido y discutible. Se trata de cómo contextualiza y coloca la situación actual de la Iglesia en la perspectiva de los cambios profundos de la historia reciente, desde la óptica de la relación entre gracia y libertad; Iglesia, Estado y sociedad; y escatología e historia.

Su crítica al neocapitalismo, el análisis del pensamiento –contradicciones- de Novak, la defensa del concepto de guerra cultural como combate espiritual, su reivindicación de la militancia cristiana, su referencia a la relación entre lo antropológico y lo social, su reflexión sobre la fragilidad humana como justificadora de la condena del aborto, la eutanasia, el matrimonio, su explicación de la relación entre misericordia y perdón, su forma clara y directa de expresarse, me parecieron contundentes.

Incluso sus lapsus mentis o lingua me hicieron gracia.   

Hasta su crítica a VOX era digna de tenerse en cuenta, sobre todo por la gente de VOX.

De Borghesi, que vino a hablar de su libro, destacaría que su especie de silogismo inicial, sobre la relación entre cristianismo, capitalismo y occidente, que, según él, lleva a los teocon a occidentalizar e instrumentalizar el cristianismo, debiera no olvidar la idea de que no se trata de occidentalizar el cristianismo sino de purificar a occidente en sus raíces cristianas, que lo son, en cierta media, también desde las fuentes de la racionalidad.  

Es decir, que cuando hablamos de la crisis y disolución de occidente estamos hablando de la desintegración de la concepción de la dignidad de persona, de la verdad, de la libertad.

            A lo que vamos.

Cada vez siento más tener que escribir sobre monseñor Argüello, porque me parece que le estoy haciendo un flaco favor. Pero no puedo dejar de compartir con los lectores esta intervención suya, que nos deja un poco, a todos, en evidencia.

Ya saben, bonum es diffusivum sui, que dirían los clásicos.

O algo así.

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