Opinión

Don Antonio Cañizares en esencia y existencia

Monseñor Cañizares, Arzobispo de Valencia.
photo_camera Monseñor Cañizares, Arzobispo de Valencia.

Es justo y necesario, es deber agradecido, dedicar estas líneas a don Antonio Cañizares, ya arzobispo emérito de Valencia, un hombre sin el cual no se entendería la historia reciente de la Iglesia en España.

Tengo la impresión de que hubo quien tenía prisa en que don Antonio pasara a emérito cuanto antes. Es cierto que tenía problemas de salud, ¿y quién a esas edades, incluso a menores, no los tiene? Más visibles o menos visibles. Indudablemente había presentado la carta de renuncia y por tanto era inevitable que, tarde o temprano, el Papa se la aceptara.

Valencia era una diócesis, digamos, de fácil sustitución. Candidatos había para llenar un tren. La cuestión es que encajaran en el tablero de ajedrez de unos nombramientos que ahora parece se hacen más con criterios de estrategia de colocaciones, premios, palmaditas en el hombre, cortoplacismos, que, por ejemplo, escuchando el pálpito de la realidad.

Es decir, que últimamente, más que analizar al candidato designado, los americanos dirían sucesor designado, -y que en este caso hay que insistir que es una magnífica elección-, de lo que se trata es de pensar en quiénes se van a quedar o se han quedado por el camino.

Quizá el adiós a don Antonio es el adiós a quien representaba una independencia y autonomía de criterio hoy envidiable dentro del panorama episcopal. Una independencia avalada por un largo currículum de servicio. No sé si hay en la historia contemporánea de la Iglesia una trayectoria episcopal como la don Antonio.

Obispo de Ávila, en dónde no olvidemos fundó la Universidad Católica, arzobispo de Granada, administrador apostólico de Cartagena, arzobispo de Toledo, prefecto en la Congregación del Culto Divino y arzobispo de Valencia.

La verdad es que el número de sedes metropolitanas en las que estuvo de titular no es desdeñable. Esto le permitía tener una visión de conjunto y un conocimiento nada menor de la Iglesia en España.  

Por cierto, y hablando de su vida, hay que destacar el cambio en su teología, la evolución de su pensamiento, desde los tiempos en los que empezó a dar clase en el Instituto de Pastoral hasta su papel fundamental en los orígenes de San Dámaso.

Pronto se ha olvidado que fue don Antonio artífice de un cambio teológico que ahora para algunos cotiza a la baja o es motivo de vergüenza. Este proceso le ha permitido desentrañar mejor el hoy de la Iglesia y el “revival” de determinadas reivindicaciones características de los años del inmediato postconcilio.

En este sentido hay que destacar la profunda impronta sacerdotal del ministerio de don Antonio, de su forma de relacionarse con las élites políticas, sociales y culturales españolas, de entender su desvelo por un servicio a la libertad de la Iglesia. Son muchas las frases que recuerdo de don Antonio. He aquí una que me dijo en una conversación, hace ya tiempo, a propósito de los chantajes del Gobierno en materia económica: “La Iglesia, para ser libre, tiene que ser pobre”.

Como consecuencia de su independencia ha sido característica notable de su ministerio el ejercicio de una libertad de palabra, de discernimiento y juicio sobre los problemas de la actualidad que interpelan a la conciencia cristiana, de una “parresía” sin igual.

Fue un arzobispo no de contrastes sino contraste. Y en ese ejercicio de dialéctica dio forma a una manera de entender las relaciones entre la Iglesia y el Estado y la Iglesia y la sociedad. El que pudiéramos denominar “Modelo Cañizares”, basado en la combinación de una libertad y claridad de su palabra pública y en una capacidad sobresaliente para las relaciones personales y políticas. Un Modelo que causó no pocos quebraderos de cabeza a alguno de sus coetáneos. 

Que cometió errores, humano es equivocarse. Que se embarcó en inusitadas empresas, incluso dentro de la Conferencia Episcopal, también. Pero nunca perdió la ingenuidad de sorprenderse, ni se entregó a la teatralidad y a la impostación.

Ha llegado el momento en el que don Antonio tiene que hacer un mutis por el foro que, seguro, no será de inactividad, un verbo que no entra en su diccionario personal.

Ha llegado el momento en el que la Iglesia en España, con don Antonio,  despide a una generación de obispos que han entregado su vida al servicio de la verdad, que han sido testigos y ministros de la verdad. Y esa pasión por la verdad es la que les convirtió en hombres fiables, en hombres admirados.

Sin lugar a dudas, don Antonio Cañizares ha sido el cardenal de España, pero también ha sido un cardenal servidor de la verdad, servicio impagable al pueblo de Dios.

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