Opinión

Desiderio, desiderio

Misa en el Vaticano.
photo_camera Misa en el Vaticano.

Tengo que agradecer especialmente al Papa Francisco su Carta Apostólica “Desiderio, desideravi” sobre la liturgia en la vida de la Iglesia, es decir, sobre la liturgia en mi vida y en la de los míos.

No sé cómo será el cielo. Puedo imaginármelo, puedo reflexionar sobre ese estado, que no lugar, sobre su naturaleza y sobre la radicalidad de la experiencia humana, personal, en esa dimensión sustantiva de nuestro ser más íntimo proyectado hacia el infinito en el amor de Dios.

Es decir, que puedo pensar que el cielo es también es la mixtura entre lo que lo que me ha amado y lo que he amado.

Pero lo que tengo claro, y esta una percepción de los últimos tiempos, es que, mientras asisto a la liturgia eucarística, se me abre el cielo. La misma celebración se convierte en anticipo de los bienes futuros. Aunque espero que en la vida eterna, después de cierto período penitencial en esa dimensión en la que no existe el tiempo, porque no existe el cuerpo, no me distraiga con tanta frecuencia.

Por eso le agradezco especialmente al Papa Francisco este texto con el que nos recuerda a los cristianos la centralidad de la vida litúrgica en nuestra vida.

En la pedagogía del amor que es el cristianismo, el don también estético, que es la liturgia, debe ser, en tiempos de intercambios interesados, de economías insolidarias, especialmente mimado. “La desproporción entre la inmensidad del don y la pequeñez de quien lo recibe –escribe el Papa- es infinita y no puede dejar de sorprendernos. Sin embargo – por la misericordia del Señor – el don se confía a los Apóstoles para que sea llevado a todos los hombres”.

Cada misa es una oportunidad de satisfacer el deseo que Él tiene de nosotros. Plantear la teología litúrgica desde la perspectiva del deseo, en un mundo en el que el deseo ha sustituido a la voluntad y se ha impuesto en la definición de lo humano, me parece importante.

Dicho lo cual, vayamos a los puntos 22 y 23 que señalan:

“22. El redescubrimiento continuo de la belleza de la Liturgia no es la búsqueda de un esteticismo ritual, que se complace sólo en el cuidado de la formalidad exterior de un rito, o se satisface con una escrupulosa observancia de las rúbricas. Evidentemente, esta afirmación no pretende avalar, de ningún modo, la actitud contraria que confunde lo sencillo con una dejadez banal, lo esencial con la superficialidad ignorante, lo concreto de la acción ritual con un funcionalismo práctico exagerado.

23. Seamos claros: hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música, ...) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado en el modo ritual que la Iglesia establece. Pero, incluso, si la calidad y la norma de la acción celebrativa estuvieran garantizadas, esto no sería suficiente para que nuestra participación fuera plena”.

Dejo a un lado las comunidades que se inventan la liturgia, que las hay; dejo a un lado una cierta dejadez que percibo últimamente a la hora de la celebración, dejo a un lado, también, a quienes hacen de la liturgia la bandera de no se qué batallas, casi todas, por cierto, o pasadas o perdidas.

Lo que me preocupa es la pérdida de la centralidad misma de la liturgia eucarística para la vida del fiel cristiano de a pie.

 Después de la pandemia, hay personas que no han vuelto a las celebraciones, hay jóvenes que se conforman con esa iglesia y esa liturgia de las nuevas redes sociales, de la web, que satisface sus inquietudes inmediatas de trascendencia, de aceptación del don que no nace de la voluntad.

Por eso, al margen de otras consideraciones, poner en la agenda de la Iglesia la centralidad de la liturgia, y su sentido, es sin duda una oportunidad que no debemos dejar pasar.  

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