Opinión

Los creyentes no contagiamos

Demetrio Fernández.
photo_camera Demetrio Fernández.

Aunque parece que estamos volviendo a la normalidad, no es así del todo. Siguen las limitaciones de los aforos, las restricciones que se mezclan con cierta laxitud de determinadas Administraciones para algunos acontecimientos. No hay más que asistir a determinadas fiestas, a los botellones o a las espontáneas concentraciones de jóvenes.

Estos días pasados ha circulado por las redes un vídeo en el que se reproduce una parte de una reciente homilía del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, en la que se pregunta cómo es posible que todavía no haya procesiones mientras se celebran otros actos públicos, toros, patios, cacharritos.  Por cierto que este obispo habla claro y sus homilías son auténticas piezas oratorias, no se suele peder en bravatas.

Un vídeo en el que el obispo de Córdoba dice, con toda la razón, que necesitamos expresar públicamente la fe en las calles, una necesidad que reconoce y consagra la Constitución. Y recuerda, además, que los creyentes hemos sido ejemplares ante todas las normativas impuestas con motivo de la pandemia y se preguntaba irónicamente si la fe, la religión, acaso es lo más contagioso del mundo.

Va a costar el regreso al estatus quo del pasado, que no sabemos si era mucha o poca normalidad. He leído que el obispo de Jaén ha autorizado ya las procesiones. Por experiencia puedo contar que en los pueblos de no muchos habitantes, la gente, con las medias oportunas, han capeado bastante bien las fiestas religiosas gracias a la originalidad y el buen hacer de los párrocos.

En este sentido es hora de comenzar a calentar motores para que la vida de la Iglesia, de las parroquias, de las celebraciones, vuelva a coger la fuerza y el ritmo que se interrumpió con la pandemia. No es cuestión de voluntarismo. Nos va demasiado en ello.  Si antes se decía que las iglesias se vaciaban, pero los corazones se llenaban de Dios, hay que comenzar a hacer el traspaso del corazón a la Iglesia, a no ser que asistamos al nacimiento de una nueva forma de religiosidad gnóstica.

Porque si la pandemia ha hecho que se enfríe el tono religioso de sectores de la sociedad, también ha alentado la necesidad de respuestas a las preguntas primeras y últimas. En apariencia, hay menos personas en las iglesias, en las celebraciones, pero también hay personas que antes no se pasaban por la iglesia. Creo que en el fondo la estadística del más o el menos depende de la parroquia. Cada una es un mundo. Las más vitales están sirviendo de imán, las adormecidas de agudización de estados vegetativos. Quizá sirva también con las diócesis.

Ojo porque los datos últimos de creyentes y no creyentes en España no son nada alentadores.  Según el CIS de julio, los que se confiesan agnósticos o ateos alcanzan su máximo histórico, 38, 7% y están a pocas décimas de igualar a quienes se confiesan católicos no practicantes. En menos de un año el número de no creyentes se ha incrementado en 4,5 puntos. Católicos practicantes son el 16, 7% y católicos no practicantes el 39, 9 % de la población española. Los que se confiesan creyentes en otras religiones son el 2,9 por ciento. Si siguiera así la tendencia, en poco tiempo los no creyentes superarían a los creyentes en España. El informe, con todo el sesgo que se quiera, apunta un mínimo histórico en los católicos practicantes, que cae hasta el 16,7%. También retroceden los católicos no practicantes.

Esta fotografía es más preocupante si se comparan los datos con el año 2000 en el que el grupo de no creyentes era del 13,1%, en dos décadas se ha triplicado. Otro dato de añadida sorpresa es que en la franja de los 18 a los 34 años, el 60 % de los españoles se declaran personas no religiosas, solo el 30 % católicos.

Si algo tendríamos que contagiar los católicos es el testimonio de la fe. Pero ya se ve que los contagios van por otra vía.

           

                                    

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